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   ANDANZAS  en  la  PATAGONIA
 
La  doble

cuento de Carlos Rey

Refugio Cerro Negro

por Bruno Capra

   Uno para Todos, Todos para Uno
Jorge O. Marticorena
   La necesaria vida intensa
Jorge O. Marticorena
   Aquel Tiempo de los Glaciares
Jorge O. Marticorena
   La Canaleta
Cuento de 
Jorge O.  Marticorena


 

                                                                                         REFUGIO CERRO NEGRO   por Bruno Capra
 

Encontré algunas fotos de la construcción del Refugio del Cerro Negro en Bariloche. Ese refugio nos ocupamos de impulsarlo en su realización, mi compañero de excursiones de aquella época, Marino Mazzeo y yo, con el apoyo en Bariloche de Carlos Bottazzi. La contrucción se la encargamos a Manolo Puente, que la hizo, sobre planos del Arq. Bidinost (de Bs. As.) Fué hecho "in memorian" de Manfredo Segre, presidente del CAI, (Club Alpino Italiano) sección Argentina, por lo que fué muy apoyado por la comunidad italiana de la Argentina, con aportes en pesos que permitieron el fondeo total de la obra. Apoyó fuertemente la Comunidad Italiana de Bariloche de la que Carlos era Presidente.
Por estas cosas, el refugio se llama: "Refugio Italia - Manfredo Segre" y fué dado al CAB, para completar la cadena de refugios: Lopez, Negro; Jakob; Frey.
Durante la construcción, mi compañero Marino Mazzeo, se mató en un accidente de auto (volcó en La Pampa) cuando estaba yendo a hacer una inspección del avance de la obra.
En memoria de él, una cumbre que está frente al refugio, se llama "Punta Marino" a la que yo llamé así en su recuerdo. Me comentan que el nombre se conservó.
 
 

Subiendo al filo

Refugio Italia - Manfredo Segre y la Laguna Negra en su desembocadura

Desde el filo, serie de valles hacia el Catedral, (al fondo)

 

Hacia el Lopez

Hacia el valle, con el Nahuel Huapi abajo

Promontorio en el Negro. (¿Nombre?)

 

Refugio Italia - M.S.

Cerro Negro

"No me acuerdo"
(¿Puede ser el Co. Lopez al fondo,
a la izquierda?)

Liliana Segre, con Catedral al fondo, desde lateral de la Punta Marino

Cocina original del Refugio Italia - M.S.

 

Bruno en la cumbre de la Punta Marino, con el Tronador al fondo

Interior original del Refugio Italia - M.S.

 

Dormitorio original del Refugio Italia - M.S.

 

Fondo del valle, Laguna Negra y Tronador

Vista desde arriba de la Laguna Negra

Cerro Negro, desde Punta Marino. (abajo el Refugio)

Interior original del Refugio Italia - M.S.

 

Refugio Italia - Manfredo Segre, desde el norte

Liliana Segre, hija de Manfredo Segre y esposa de Marino Mazzeo

En el obrador, en el valle inferior, Liliana Segre y ¿. . .?

 



 

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               La  doble      cuento de Carlos Rey
 

 Releyendo mi diario, encuentro la historia de Aldo.
 Pudo haber sido un buen amigo a no ser por ese extraño mecanismo que actuaba en él de a ratos y que lo hacía imparable, arrollador; demasiado fuerte para mí.

 "Cruzo la meseta patagónica. La de terrazas ovaladas y pastos duros de viento. Afuera llueve pesado y grueso. Sostengo con los pies la garrafa encendida, mientras voy cargando el mate, y ajusto la yerba con la bombilla curva del vidriecito rojo. Miro a mi costado. El que maneja, va silbando el tango que sale de la radio. Los fornidos brazos parecen retorcer el volante. Me mira y se ríe.
 -¿Qué pasa compañero?, ¿le va gustando? -me dice.
 -No se aflija por la tormentita, no va a ser la primera ni la última ¿Cómo va ese mate?
 -Bien, bien- le contesto confiando en la espumita.
-Ya te dije que acá, en invierno, es cosa de todos los días- dice sin sacar los ojos del camino -por eso me compré la doble tracción. Antes de tenerla, ¡la pucha que peludeaba en el barro! Y se larga a contarme otra de sus hazañas de ruta.
 -Buen tipo. Sobre todo seguro de sí mismo. Es de los que a los sesenta, cuando se junte con los amigos, seguirá contando historias de la conscripción. Pruebo el primer mate, cosa de no quedar mal. Afuera puedo ver un poblado a pesar de los vidrios castigados. Mientras le doy el primero, pregunto qué localidad es.
 -Comandante Piedrabuena, compañero. Lo único entre  Río Gallegos y Tres Lagos.

 El mate que queda escondido en su mano mientras chupa mirando al frente.
 -Están cayendo plumas; se viene la nieve- me dice.
 Miro adelante sin entender y es cierto. Los faros iluminan la lluvia que cae como largas columnas de punta.
 -Así que se viene la nieve- repito cuando me lo devuelve.
 -¡Ajá!- asiente con la cabeza y estirando la mano busca en el dial, hasta que la cabina se llena de música mexicana muy fuerte para mi gusto.
 -Estos chilenos sí que saben divertirse, a esta hora siempre pasan unos cuentos bárbaros.
 Le doy otro mientras lo escucho. Según me contó, conoce todo de costa a costa. Ayer en el hotel cenamos en la misma mesa. Me pareció conocedor y me animé a pedirle que me llevara hasta la cordillera.  Estaba encantado de tener alguien con quien hablar. Siempre fue camionero, hace un año que vino al sur, pero un rutero como él, enseguida, copa la situación.
 Terminamos de matear y ha pedido suyo apago la luz de la cabina. Afuera dejó de llover y en su lugar, la claridad del amanecer muestra los copos lentos; como si les costará llegar al suelo.
  -La pucha que nieva seco- dice Aldo.
 -¡Cómo es eso de nevar seco!- le pregunto sin dejar de mirar afuera.

 Aldo, mi nuevo amigo en la Patagonia, sabe que yo estoy ahí por primera vez. Así que con grandes gestos me explica que hay dos tipos de nieve. Una que cae húmeda y enseguida se derrite. Y otra seca, que se va acumulando de a poco hasta formar un colchón que tarda varios días en derretirse. Dicen que hubo años en los que se mantuvo durante meses, murieron muchos animales y algunas personas se quedaron aisladas. Se interrumpe con una carcajada y lo miro creyendo que es por mí.
 -¿Escuchaste lo del pololo engañado?, ¡no te digo que estos chistes son buenísimos!
 Sube el volumen de la radio y yo no puedo quitar la vista de la nieve que cae espesa. Hay una buena blanqueada de lo que se alcanza a ver y el vehículo hace cada vez más fuerza sobre el camino.
 -Este... Aldo... ¿Estas nevadas son bravas? Digo sí...
 -¿Cómo decís, este muchacho? -grita para tapar la radio, mientras se inclina hacia mí sin sacar la vista del camino.
 -No, decía que...-grito a mi vez- ¿No podemos bajar un poco la radio?
 -Sí -cabecea no muy convencido -Bajala nomás.
 -Le decía que nieva demasiado, ¿siempre es así?
-trato de parecer tranquilo cuando lo miro.
 -Mirá, nevar está nevando bastante... -se queda callado y agrega como sacándose una duda -Pero donde llovió siempre paró y con la nieve es igual.

 Muy conforme con su deducción, silba acompañando la música.
 Así pasan dos horas y la nevada aumenta su espesor en el camino. Preocupado con el asunto, casi no abrí la boca y Aldo ocupado en avanzar, no me ha prestado mayor atención. No nos hemos cruzado con nadie desde Piedrabuena y el camión continúa con dificultad sobre la nieve. Hasta que de repente Aldo explota.
 -¡Esto no va más! Ahora vas a ver cuando meta la doble...
 Acciona los cambios y un ruido duro sale de algún lado. Prueba de nuevo y nada.
 -Esperá, seguro que el frío lo endureció. La doble nunca me falló.
 Un nuevo intento y el ruido, que no sé de donde viene, se repite.
 -¡Carajo! Creo que algo se me rompió, porque no quiere...
 Paramos. Cuando bajo, la nieve me llega hasta las rodillas. Aldo, nervioso, agarra la pala y comienza a sacar debajo del camión. Miro entorno. Todo es blanco de arriba abajo. No hay viento. Nada a la vista, salvo los copos inexorables, frágiles haciendo montón. Me pide que le dé una mano con la pala. Después tira una lona debajo del camión.
 -¡José! -por primera vez me llama por el nombre- Pasame la caja de herramientas.
Hay un tono de preocupación en él cuando me agacho y me dice.
 -Mirá, está roto. Con su manaza toca algo, pero yo no veo qué es.
 -¿Querés que cebe unos mates? -me animo a tutearlo.
 -...Bueno sí, acá abajo está helado -me dice.

 Voy a la cabina y mientras se calienta el agua pienso. "Hubo años en los que se mantuvo durante meses". Por suerte él siempre copa la situación.
 Con la última chupada al mate viene el anuncio. Corto, desamparado.
 -Esto no tiene arreglo... y no va a parar de nevar.
 Sale de abajo duro de frío y una expresión de no saber qué hacer. No sé qué decirle. Ya parará... Alguien vendrá a buscarnos...
 -Nunca me había fallado José. No sé por qué justo ahora. Casi llora mi amigo fanfarrón. Algo se ha quebrado en él. Trato de animarlo y por única respuesta saca de abajo del asiento una botella de ginebra y se manda un trago.
 -Tomá, ¿querés? -me alarga el frasco en un gesto, los ojos enrojecidos.
 -Vení, vamos adentro, tenemos que pensar algo- le digo. Y me sigue como un muñeco roto, grandote y vencido.

 Está desesperado; trago con trago, no deja de repetir siempre lo mismo. No sé cómo animarlo. Dependemos de él para salir de allí; es la primera vez que veo nevar y mi compañero se desmorona como la botella de Ginebra. Cuando se duerme salgo del camión. La nevada es fuerte mientras termina la tarde. Para comer queda poco. Habrá que pasar la noche así, pienso mientras me tiro sobre la lona debajo del camión para ver el trabajo de Aldo. Es extraño, nada hay desarmado; puede ser que al no haber arreglo, halla puesto todo en su lugar.
 Con las luces tempranas, me despierto de una noche A los saltos. Mi amigo ha dedicado como un enfermo y apenas pude calmar. Aliento agua y cortó el último pan. De ahí va adelante no comemos más. Por la tarde deja de nevar y se levanta viento. Le pregunto a Aldo qué puede pasar. Apenas me responde; entregado a su desesperación, el camionero rutero ha quedado en el olvido, reemplazado por un grandote sin fuerzas. Llega otra noche y no sé qué más inventar. El mate y la garrafa mantienen el calor y las tripas calientes y lavadas. En nuestra segunda jornada de encallados, nos quedamos dormidos.

 Me despiertan unos ruidos y los faros de un vehículo pegan en mis ojos cuando los abro.
 -¡Aldo! ¡Aldo! ¡Vinieron a rescatarnos!
 Mi amigo se mueve pesadamente en el asiento. Sin poder creerlo, salto del camión y veo a dos personas que vienen hacia mí.
 -¡Quiénes son! ¡Cómo están! ¡Hay alguien mal!
-me dicen las voces amigas.
 -¡Yo estoy bien! ¡En el camión... mi amigo! Hace dos días que varamos. Por suerte ustedes...
 Me doy cuenta que la nieve disminuyó. Los recién llegados son gendarmes que salieron en el Unimog para recorrer la zona al aflojar la tormenta. Ya están con Aldo.
 Sentados en el asiento trasero del vehículo de Gendarmería, nos dejamos llevar rumbo a Tres Lagos. El Sol está rompiendo las nubes de la madrugada. Aldo ceba unos mates a mi lado. De a poco va recuperando el ánimo y al llegar ya está hablando con grandes aspavientos de un próximo viaje.
 Allí nos separamos. Él volvió por su camión para llevarlo a Río Gallegos. Yo seguí hacia el oeste a cumplir mi intención de conocer la fabulosa cordillera.

 En el verano volví a Gallegos. Caminando por ahí me encontré con el mecánico que se había hecho cargo del camión aquella vez. Le pregunté sobre el arreglo de la doble. El tipo me miró.
 -¿Vos también con esa historia? Ese camión nunca tuvo doble tracción -me dijo. Y dando la vuelta siguió su camino. <>



 

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                                                               Uno para Todos, Todos para Uno

Jorge Oscar Marticorena
 

Bariloche, invierno, mal tiempo.
En la calle Mitre, centro del comercio, se esparce todo el turismo, privado de su objetivo principal, el Cerro Catedral y sus pistas de esquí. El Plan B: son siempre las vidrieras de la Mitre. Y los de aquí  que tenemos que andar por allí, para escapar de esa marea multilingüe y multicolor nos refugiamos en algunos bares muy especiales.
La Barca es uno de ellos. Es también librería y te hacen escuchar buena música.
Un lindo lugar para perder el tiempo que no tengo, y aún el que me sobra.
Miro a mi alrededor y, junto a mi mesa, veo a un tipo canoso, de  barba, que por la ropa es local. Ha comprado un mapa del Parque Nacional Los Alerces y lo estudia.
- Perdone – le digo – ¿le interesa esa zona?
Me mira y sonríe. Pienso: este es de los que cuentan historias. Y yo soy de los que las coleccionan.
- La conozco bastante.
Pongo cara de: ¡no me diga! Y él no necesita más. Hace una pequeña introducción, como para justificarse, y allá va.
Lo escucho. Me cautiva. Y sus ojos sugieren mucho más de lo que dice.
- ¿No la escribiría?
-No sé, me dice. Hablo mejor de lo que escribo …
-Anímese. Me la manda por mail … sin compromisos … Si me gusta se la publico. Si usted no quiere no diré su nombre. Mejor, no me lo diga …
A los dos días, me llega un mail con un remitente irreconocible: jovatodelmonte@ …
Aquí está, tal como vino:

“Cuatro muchachos. Dos chicas.

 ¿El lugar? Las laderas del Cerro Químico, sobre el Lago Futalaufquen, Parque Nacional Los Alerces. Hace un montón de años.

 Habíamos salido de nuestro campamento en Lago Verde -entonces un lugar solitario y tranquilo- para explorar el casi desconocido territorio hacia el Cordón Pirámides.  En realidad nadie, salvo Daniel, tenía muchas ganas de moverse, pero al mismo tiempo habíamos proclamado proyectos muy ambiciosos así que, después de tres días de poco camino y mucha pereza, nos vino la culpa. ¡Había que hacer algo! ¡No podía ser tanta fiaca! Y entonces nos propusimos recorrer toda la costa oeste del Futalaufquen hasta llegar al Lago Krüger ... Quizá 50 km de terreno completamente virgen. Una locura.

 Salimos una mañana y a las pocas horas nos encontramos con que la playa desaparecía transformándose en unas paredes que caían verticalmente al lago.
 Tratando de encontrar un paso, nos arrastramos con nuestras pesadísimas mochilas hacia arriba, en busca de una zona de menos pendiente, y nos vimos, a la hora más calurosa de un tórrido día de enero, luchando con matorrales espinosos y cañaverales, sin agua y separados del estupendo azul del lago por 200 metros de verticales paredones.
 Toda esa agua allá abajo era un canto de sirena lleno de perfidia. Era claro que si bajábamos quedaríamos atrapados allí, sin poder volver a subir, ni retroceder, ni avanzar. Nadie propuso hacerlo, ni Simonetta, la más débil y novata.

 Desfallecientes de calor y sed, masticando tallos de amancay para absorber algo de humedad, avanzábamos lentísimos hacia una maravillosa playa que se veía allá abajo, hacia adelante, junto a la sombra de altos coihues.
 Algunos nos encerramos en nuestro agotamiento, buscando aislarnos de ese mundo torturante. Otros trataron de superar el trance con bromas o estallidos de mal humor.
  De pronto la ví a Simonetta hundida hasta la cadera en una maraña de ramas, debatiéndose sin poder salir, y me quedé inmóvil, demasiado agotado para ayudarla y avergonzado por no poder hacerlo; hasta que acudió David a tenderle una mano.
 Ella misma resbaló después, al pasar un tramo delicado, y quedó aferrada a las rocas, hasta que Daniel llegó a su lado y la ayudó a quitarse la mochila que rodó pendiente abajo.
  Y Daniel bajó, recogió la mochila y se la devolvió. Y yo de nuevo sentí vergüenza por mi debilidad.

 Ya al final de la tarde, cuando la playa estuvo debajo nuestro y algo hacia atrás, bajamos hacia los coihues.
-¡Esta sí que es una playa deseada! -dijo Erika.
 Nuestra piel afiebrada se estremeció al contacto fresco de la sombra y el aire del bosque, pero allí nos topamos con el último problema: una muralla impenetrable de matorrales nos cerraba el paso a la playa.
-¡Oh no, no es justo! -gritó Erika, casi sollozando. David y Billy empezaron a discutir a gritos.
 Daniel y yo teníamos machetes. Dejé la mochila, lo desenvainé y me sentí con fuerzas, despejado y lúcido. Lo miré a Daniel, él hizo otro tanto y, alentándonos mutuamente con salvajes gritos, felices de estar allí, abrimos una hermosa picada.
 Al cortar la última rama arrojé lejos el machete y, teatralmente, dije:
-¡Playa Deseada, yo te bautizo!
 Y lentamente, gozando de la sensación de mis pies al pisar las piedras, fui tras de mis compañeros a beber del agua sonora y fría.

Muchas veces he recordado esta travesía hasta Playa Deseada, y la noche pasada luego, bajo los altos coihues y las muy altas estrellas, unidos por la luz y el calor del fogón, y por la profunda amistad nacida de las dificultades vencidas entre todos.
 Porque en estas andanzas es como en la novela de Dumas:
Uno es para todos.
 Y todos son para uno.”

Volví al bar, y allí estaba el Jovato.
Le brillaban los ojos. Sonreía entre divertido y un poco ansioso.
Puse mi mano en su hombro.
- Me gustó, le dije.
Hizo un gesto, como de complacencia y de no tomarse muy en serio. Y agregué
- ¡Qué tipos que eran ustedes!
- Ahora también hay gente así - dijo - Siempre hay.

Bariloche, 30 de julio 2006



 

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                                                                                           La necesaria vida intensa

Jorge Oscar Marticorena
 

A veces, contemplativamente, pienso en la muerte.

¿Pero cuál muerte? ¿Qué muerte de las que he visto acontecer, de esas pocas en las que he visto cómo otros vivían su muerte?

Esta pregunta convoca un recuerdo.

He visto morir, atrozmente, en la montaña, a gente desconocida pero próxima.

Próxima, terriblemente próxima porque estaban cerca, porque como yo, en el mismo momento, escalaban una pared rocosa, una hermosa, desafiante, impresionante pared vertical. Y así, en un espantoso instante en el que yo ascendía trabajosamente por una lisa superficie de piedra, en la que había implantado una pequeña ambición, un pequeño, prudente y poco trascendente desafío, escuché retumbar piedras que caían con un ruido de cosas grandes, no de cualquier pedregullo intrascendente.

Ya había oído caer piedras, así que me volví enojado con esos novatos tan imprudentes y los ví caer a ambos.

Aún veo ese momento supremo de su muerte. Uno tras el otro, en ese último descenso absoluto, unidos por la cuerda, cayendo cabeza abajo, los brazos y las piernas abiertos en esos últimos instantes desesperados, incrédulos, totales.

¡Se van a matar, grité en mi interior!

 Cerré los ojos, me aferré al último de los minúsculos clavos de escalada con los que estaba subiendo, me pegué a la pared. Cesaron los ruidos y llegaron unos gritos, alaridos de horror de una joven que estaba allí, donde habían caído, doblada en dos, aullando de espanto frente a esa muerte de los que después supe eran su hermano y un amigo.

Debajo de mí, al pie de la laja, estaban  Pablo y un muchacho que formaba parte del grupo al cual estábamos guiando, en esos días del feriado de Semana Santa en que, como otras veces, habíamos organizado una excursión de campamento y montaña, fácil como para principiantes.

- Andá a ver, le dije al pibe, que corrió hacia donde aún estaba la chica.

- Bajo, le dije a Pablo, pero sosteneme, por favor.

Y en una reacción que aún me asombra, fui bajando, clavo tras clavo y, con un cuidado metódico, minucioso, los fui extrayendo y tirando abajo, descartándolos como si no valieran nada, esos útiles de escalada tan difíciles de reponer en aquella época y de tanto valor para nuestras exiguas economías.

 Fue, creo, como un exorcismo, como un sacrificio con el que, de algún modo, trataba de conjurar y aplacar a ese monstruo que ahí, frente a nosotros, acababa de devorar dos vidas.

Fue como decir: perdoname, no lo hago más.

Mentira.

Seguí escalando. Seguí recorriendo, explorando, ascendiendo. Toda mi vida.
Siempre, antes y después de este roce con la muerte, fui prudente.
Porque siempre sentí que si en la montaña se vive con una intensidad muy particular, es precisamente por el compromiso total que implica una escalada.

Y siempre he buscado, y sigo buscando, eso, vivir intensamente.
 

En casa y algunos bares. 30 de Mayo de 2009



 
 
 

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                                                                   Aquel Tiempo de los Glaciares
 

Jorge Oscar Marticorena
 

Detenemos los caballos a la vista del enorme lago.

Para el ojo experto de un geólogo, este paisaje habla con claridad. Por este valle que ocupa el lago O’Higgins formando lo que hoy se llama Bahía Bachen, hace solo 46 años descendía lentamente la corriente del glaciar O’Higgins,

Pero quienes hoy estamos aquí no sabemos esto porque nos dediquemos a la geología o la glaciología. Conocimos ese glaciar que hoy no está. Lo recorrimos muchas veces en nuestras marchas de exploración de esta parte del Hielo Patagónico, esa  extensa meseta cubierta de hielo situada allá, más hacia el oeste.

Estas  expediciones, que como toda expedición a la montaña nos exigían esfuerzo, perseverancia y un estoicismo a veces incomprensible para nuestras familias y amigos, se originaban en lo que para nosotros y algunos pocos más era una verdadera pasión: la búsqueda de zonas vírgenes y montañas poco conocidas, donde se podían encontrar lugares en los que era posible experimentar sensaciones nuevas y sentimientos muy profundos.

Llegar a lugares no tocados por el hombre, ser el primero en alcanzar una cumbre, tratar de llegar a una cima virgen aunque no se consiga realizarlo. Atreverse a intentarlo.
Son experiencias que permiten, al mismo tiempo que un goce muy intenso de la belleza de la naturaleza, adentrarse en las profundidades de nuestros oscuros mares interiores e iniciar el largo, probablemente inacabable camino del conocimiento de sí mismo.

Este era el origen de nuestra pasión.

Hoy el glaciar sigue desgranando sus témpanos allá en el extremo de la bahía, mucho más hacia el Poniente, y este paisaje que conocimos hace cinco décadas tan prístino y tan hermoso, y que hoy vemos tan cambiado, nos conmueve muy profundamente.

Hay en nosotros una sensación de pérdida, como la que se siente ante la desaparición de un ser querido o de un objeto que por algún motivo nos resulta valioso. Este fue el terreno de juego, el ámbito en el que expresamos nuestro amor a la montaña. Y este ámbito ya no está.

Pero creo que además hay otra cosa, más esencial, que nos conmueve.

Estamos viviendo el cambio constante de la Naturaleza. Sabemos muy bien que todos los seres vivos cambian continuamente. También hemos aprendido que la historia de la humanidad es un relato de cambios. Hemos visto cambiar nuestras sociedades, nuestras costumbres, nuestras ideas. Pero los cambios en el resto del universo eran algo leído en los libros, estudiado en las teorías. La Tierra, las montañas, los paisajes, nos seguían pareciendo inmutables. Ahora hemos comprobado que no lo son, que los cambios en esa aparente estabilidad se producen también en lapsos a escala humana.

Y esto es conmocionante. Para quienes pueden recurrir a su creencia en Dios, queda ese anclaje en la eternidad del tiempo. Para los que no tenemos esa certeza, experimentar esta vivencia tan fuerte de la universalidad del cambio, nos deja como solos y desnudos en la playa de un naufragio.

¿Habrá rescate?

Creo que solo lo podremos encontrar dentro de nosotros.

6 de junio – 3 de Noviembre de 2009



 
 

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                                                                                                      La Canaleta
 

Cuento de Jorge Oscar  Marticorena
 

Parado sobre la pendiente de acarreos, con el nudo oprimiéndole el pecho, vio como Arturo se alejaba, sacando lazo tras lazo de la soga de nylon que sostenía en sus manos. Un poco más allá, la gran canaleta se elevaba de un salto sobre sus cabezas ... larga ... lisa ... Como una gran franja clara pintada sobre la pared oscura del Pico Principal. Bastarrica bajó los ojos, los volvió hacia la frialdad de los ojos de Francisco:
- ¿Todavía querés venir? – le dijo Francisco.
Observó la expresión sonriente, burlona. Miró luego hacia abajo, a las manchas de nieve en la hoya donde, lejana, la gente jugaba, se deslizaba, reía.
- Sí - murmuró.
- ¡Vamos, Bastarrica! ¡Dale! - gritaron desde lo alto.
La soga dio un leve tirón. Arturo, sentado quince metros más arriba, lo urgía a moverse. Subió unos pasos por las piedras sueltas y se halló frente a una roca. Alzó los brazos, buscó unos asideros y, torpemente, empezó a trepar.
.......................................................................................................................................
 La gran extensión azulina del lago, con sus islas, verdes motas pequeñas, largo reguero verde. Las lejanas serranías grises. Las ínfimas casas de techos rojos, sobre las riberas tortuosas o extendidas. Más allá, Bariloche: una confusa torre, reflejos plateados, una intuida palpitación de actividad en la calma del paisaje en reposo.
 Un aletazo de viento en los oídos  ... Voces detrás, en el refugio ...
 Por la picada aparece una figura. Lenta, cansada, doblada hacia delante bajo la mochila. Se detiene, mira hacia arriba. Luego, vuelto hacia atrás, hace un gesto con la mano. Otra figura. Delgada, rubia, el largo pelo al viento, sube penosamente la picada polvorienta.
.......................................................................................................................................
- ¡Voy!
- ¡Venga!
Escudriñó la roca hostil, la acarició sin orden con sus manos trémulas, buscando asideros. Luego, respirando profundamente, apoyó la punta del zapato en ese reborde que miraba con desconfianza desde que Arturo pasó, indiferente, ágil, por él.
Trepó. Estirándose, aferrándose a las tomas con toda su fuerza, meditando largamente cada movimiento.
Llegó, agitado, junto a Arturo, que lo esperaba en un pequeño rellano inclinado hacia el vacío.
- ¿Qué tal? ¿Cómo vas?
- Bien - jadeó- y miró, sintiendo que la mente se le escapaba lejos, como Arturo se preparaba para seguir.
- Sentate aquí. Bien afirmado, Los pies contra estas rocas. Estás asegurado al clavo (*), así que no tengas miedo. No creo que me caiga, pero de todos modos dame buen seguro.
- Sí.
- ¿Listo?
- Sí.
- Voy.
- Bueno.
Y se quedó solo. Por su espalda, entre sus manos, fue corriendo la soga que lo unía a Arturo. Allá, en el otro extremo, en un hueco de la pared lateral, Francisco esperaba, observándolos. La hoya se había achatado, estaba lejos, era una manchas de nieve entre las rocas, unas figuritas negras sobre la nieve brillante...
- Bueno, Bastarrica. Soltá la soga.
Miró hacia arriba. Los últimos metros de soga se deslizaron por las rocas, desaparecieron tras una saliente. La voz de Arturo le llegaba de algún lugar, más allá de esa saliente.
- Hacelo subir a Francisco.
Empezó a recoger la soga mientras subía el tercero de la cordada. Lo vio ascender, moverse de un costado a otro de la ancha canaleta, buscando el paso más fácil, echarse en algún momento hacia atrás para ver mejor dónde ponía los pies...
 De pronto, sintió algo como un estremecimiento en el estómago, su garganta pareció cerrarse... Miraba el vacío, el inmenso vacío que se disipaba hacia todos lados...  La canaleta pareció hacerse más vertical, más lisa, y Francisco, trepando hacia él, se le ocurrió apenas adherido a esa pared vertiginosa. ¿Él mismo acababa de subir por allí hacía un momento? ¿Cómo había podido?

 Francisco estaba a su lado. Sonriente, seguro, parado en un reborde imperceptible, apoyado displicentemente en la pared con una mano. Apartó la vista, sintiéndose enfermar de vértigo.
- Andá, yo me acomodo después. ¡Va, Arturo!
La soga, que aún pasaba por el mosquetón enganchado al clavo que plantara el primero de la cordada, fue traccionada de arriba y lo echó sobre la pared.
- Esperá - balbuceó, y desmañadamente abrió el mosquetón y se liberó.
- ¡Bueno, voy!
- Tené cuidado, no tires piedras - le advirtió Francisco viéndolo izarse sobre las primeras tomas.

¡Piedras! Las había, sueltas, listas a desprenderse, por todos lados. Todos los asideros estaban cubiertos de una capa de pedregullo, que los hacía desesperadamente inseguros cuando ponía en ellos los pies.
 Se vio en puntas de pie sobre una estrecha cinta rocosa, buscando dónde enganchar sus dedos endurecidos, mientras toda la roca parecía alisarse, combarse hacia fuera, rechazarlo. Asido a unos rebordes redondeados, trató de izarse. Enganchó la suela de goma de un zapato en algún lado, precariamente, y asomó a una superficie pulida, inclinada, inasible... No... Resbalaba ... Su pie temblaba, se escapaba de la escama rocosa... El vacío tiraba de él... Recuperó a duras penas la cinta de donde saliera, la grieta en la cual introducía su mano derecha y que le daba una placentera sensación de seguridad... pero allí no podía quedarse... Arturo, allá arriba, tironeaba de la soga, impaciente. Francisco esperaba para seguirlo... Y él ahí, solo, no podía hacer nada... ni bajar, ni subir... nada... no podía bajar... tenía que subir.
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 Una cinta negra, como una vincha, sujeta en parte el largo pelo rubio que el viento ondula, enreda, cruza sobre la boca de labios un poco infantiles. Ella lo aparta con sus largos dedos lánguidos. Parece cansada, sus ojos están algo opacos. Lo mira cuando él se ofrece a entrarle la mochila, sonríe, asiente...

La luz dura del farol de kerosene tiende largas sombras sobre sus ojos cuando se inclina sobre el plato, con hambre mal disimulada. Él, todos los demás, comen en la camaradería anticonvencional de los refugios. Sólo ella se mantiene algo distante, observando a los muchachos que, en un costado de la mesa, discuten rutas de escalada ante sus tazones de té.
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- ¡Bastarrica, dale por tu izquierda! Allí tenés una buena toma de mano. Después, entrá por el diedro. ¡Dale que es fácil!
 Llegó junto a Arturo y repitió las maniobras. El lugar era antipático. Apenas se podía estar de pie, atado a una exigua saliente de roca.
- Si no tirás hacia fuera - le dijo Arturo - no se va a salir.
Y empezó a trepar, ágil como un gato. Él quedó allí, de nuevo solo, de cara al vacío, en mitad de aquel tobogán de pesadilla, mirando las suaves pendientes, la seguridad, la horizontalidad, que yacían, inalcanzables, allá abajo.
Otra vez llegó Francisco. Otra vez tuvo que salir, de la relativa seguridad del descanso al riesgo vivo, lacerante, de la escalada. Había oído el sonido cantarín del martillo golpeando contra un clavo. Por lo menos, en el próximo descanso se sentiría más seguro, atado a un clavo... Pero la canaleta era más vertical, más lisa. Se vio, de pronto, suspendido entre dos paredes de roca a las que apenas tocaba con las puntas de los pies, sostenido solo por la adherencia de la goma a la pared lisa, vertical, con la canaleta huyendo bajo sus piernas abiertas. Intentó bajar, pero apenas se inclinó para buscar la toma de mano que usara para subir, sintió que sus pies se escapaban, y volvió a erguirse, anhelante, la boca amarga de miedo. Pasaron los segundos... El sol acariciaba las rocas, calentándolas suavemente, pintaba de dorado el final de la chimenea oscura y fría en la que estaba atascado... La salida ... si estaba allí nomás ...

La figura absurdamente contorsionada, inmóvil como una piedra más entre las de la pared, se animó, se estiró cautelosamente, arañó las rocas lisas buscando poner aunque fuera un dedo en aquel reborde lleno de sol... Con un suspiro de angustia, el sudor casi cegándolo, Bastarrica volvió a su posición de estatua... Miró hacia abajo... la soga de nylon colgaba, apenas rozando las rocas, hasta el exiguo rellano donde esperaba Francisco ...
- Volvé, Bastarrica, ¡por ahí no vas a poder pasar!
Las líneas fugitivas de la canaleta... caer por allí... si Arturo no lo aguantaba.... un golpe donde estaba Francisco... luego los tres, rebotando, cayendo en saltos interminables, hasta rodar por los acarreos de allá abajo ...
 Una voz le llegó desde arriba. Arturo apareció, un halo de sol en los cabellos rojizos.
- A tu derecha. Yo subí por tu derecha.
Sus piernas temblaban, cada vez más incontroladamente. Atisbó de reojo a su derecha... sí, allí había tomas... muchas...¿cómo no las había visto?... pero no podía alcanzarlas, estaban más atrás, a su espalda... y él no podía casi moverse...  solo podía alcanzar aquel reborde asoleado.
- ¡A tu derecha ...!
Apretó los pies contra las paredes, se estiró con toda su fuerza, saltó hacia arriba, ascendió un instante en el aire quieto de la montaña, desprendido de todo asidero, suelto como un pájaro sobre el vacío de la Gran Canaleta. Tres dedos de su mano derecha atraparon el reborde. Su otra mano azotó el aire, chocó contra la roca lisa... quedó un momento asido por esos dedos... luego todo su cuerpo se balanceó, giró... y sus dedos se desprendieron...
Oyó un grito, chocó contra algo, giró, giró, giró...
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- ¿Querés venir, che? - le dice Arturo.
Ve los ojos de ella, ya no opacos, ya brillantes, ya risueños, que saltan hacia él, se cruzan con los suyos..."¿Usted también escala?" siente que le dicen.

Adopta un tono de suficiencia.
- ¿Dónde van?
- Al Principal por la Canaleta. ¿Te animás?
- Sí, claro. Dicen que es un tercer grado, ¿no?

- ¿Usted también escala? - No son los ojos. Son sus labios, un poco infantiles, los que le hablan. ¿Por qué a él? ¿Ha notado en él una actitud más amable, más benevolente que en esos montañeros hoscos para con los curiosos, que conviven con dificultad, a desgano, con los turistas bullangueros que invaden el refugio noche tras noche?

Ella habla. Le escucha. Sus ojos de reflejos azules, la boca húmeda, los largos dedos tranquilos ... Todo expresa una admiración velada.
- Me dijeron que mañana iremos a la hoya. ¿Le parece que podré llegar?
- ¡Por favor! Claro que sí. Si tiene algún problema avíseme. Yo voy a estar cerca ...

Se miran sobre la nieve brillante. Ella se acomoda los rizos claros bajo el gorrito de
lana.
- Vamos, ¡Bastarrica!
Hace un gesto.
- Bueno ... allá voy. ¿No me desea suerte?
- Sí.
Le tiende la mano, que ella toca distraídamente.
- Hasta luego ...
- Hasta luego.
Camina, siguiendo las huellas de los otros. Al volverse, la ve correr por la nieve pisoteada.
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 Arturo lo bajó, colgado de la soga, hasta que pudo apoyarse, torpemente, en una breve terraza al pie de la chimenea. Tembló, respiró largamente, hubiera deseado escapar de aquella pesadilla, pero tuvo que oír las indicaciones de Arturo y volver a intentar el paso,  esta vez por el camino correcto, inesperadamente fácil.
- La próxima vez que vayas a caerte, animal, avisame. Si no fuera por el clavo, que nos aguantó a los dos, nos hacemos puré - le dijo Arturo, mostrándole las manos desolladas por la fricción de la soga al frenar la caída. Luego lo ató al clavo
-  No hagás más pelotudeces, que ya estamos al final de la canaleta.
Y salió hacia arriba. Francisco llegó con cara de pocos amigos.
- Elegite otros lugares para saltar, viejo. Así no vas a vivir mucho.

Ensayó una explicación. Luego, trémulo, sofocado de angustia, fue a reunirse con el primero. Miró vagamente la gran mole blanca que le enseñó Arturo al salir de la canaleta.
- El Tronador.
- ¿Por dónde se sigue?
- No te preocupes, ahora ya es fácil.
Se reunieron los tres. Otra breve escalada sobre un abismo oscuro, voraz, que se tragó sus últimas reservas de valor. Una cresta de pendiente suave, llena de piedras sueltas. ¡La cumbre! Miró los lagos, las montañas, reconoció, asombrado, los lugares familiares en que él mismo, días antes, había estado.

- ¿Querés chocolate?
La Isla Victoria, El Trébol, Llao Llao.
- Firmá aquí.

La Hoya ... Ella debe estar todavía allí. ¿Me verá?
Se puso de pie, olvidado de la aprehensión que lo mantenía sentado, agarrado a las piedras. Gritó, agitó los brazos ...
Arturo y Francisco se miraron.
- ¿Bajamos?
Sufrió como una rebelión ante la idea de volver al vacío, cuando ya creía terminada la prueba, pero no tuvo más remedio. Hizo los descensos en rappel(*) lenta, cuidadosamente, maldiciendo la fricción quemante de la soga en su muslo, aferrado a ella con todas sus fuerzas, llegó por fin a los acarreos y corrió hacia abajo sin esperar a sus compañeros.

-   ¿De dónde lo sacaste a éste?
-    ¡No me hablés! Vení, ayudame con la soga.

     Ella no estaba en la hoya. Bajaron al refugio. Allí tampoco. Se había vuelto con sus amigos.
    Se sintió burlado, frustrado, abandonado ... ¿Y ese interés que él creyó ver en aquellos ojos azules, en esos labios algo infantiles? Alicia ...

Miró cómo sus zapatos se hundían en el polvo blanquecino de la picada ... Alicia ... Ni siquiera quiso saber si había subido o no ... La cumbre ... En fin, la había subido. ¿Qué había sentido allá arriba? ¡Qué paisaje! En realidad, era interesante eso de trepar entre varios una montaña, unidos por una soga de nylon ... Se detuvo y lo esperó a Arturo.
- ¿Se ve el Principal desde aquí?
- No -contestó, y siguió bajando.
- ¡Arturo ... !
- ¿Qué hay?
- ¿Cómo es eso que se dicen los alpinistas alemanes?
Arturo, unos pasos más adelante, acomodó la mochila y escupió parte del polvo que le obstruía la garganta.
- Berg heil.
Volvió la mirada hacia las cumbres que se recortaban en el azul luminoso del cielo.

- Berg heil -murmuró.

(*) Clavo: pieza metálica que se introduce en una fisura de la roca como elemento de seguridad o sostén
      Rappel: técnica de descenso de paredes verticales deslizándose por una soga que se cuelga de un
      clavo o una saliente de roca. La velocidad del descenso se controla con la fricción de la soga en una
      herramienta especial o sobre el cuerpo del escalador.

Camping, Revista del Acampante, Nº 3 ,  Junio de 1965.
Bariloche, Enero de 2001.


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