De qué valdrían mil palabras para definir lo que significaba
el Fitz para nosotros en aquella época. Para la mayoría era
sinónimo de inalcanzable y sólo en unos pocos anidaba el
deseo de acercarse a sus paredes de granito contundente y soñaba
con poder pisar su cumbre. No creo equivocarme si digo que era el ícono
de la escalada con mayúsculas, para todos los muchachos que hacían
montaña por aquel entonces.
Por eso fue que, cuando en 1952, los franceses encabezados por Lionel
Terray vencieron sus verticalidades y pisaron su cumbre, a muchos se nos
derrumbó un ideal.
Y no está dicho esto en tono petulante, el Fitz Roy era argentino
y muchos de nosotros soñaban con escalarlo. Por eso y sin dejar
de reconocer (ni por asomo), la valía de esos monstruos del alpinismo
europeo, saludamos a los vencederos... pero "nos quedó la sangre
en el ojo".
Y nuestro momento llegó
"Se trata de una de las más impresionantes arquitecturas
graníticas de la tierra y una de las más bellas cimas en
sentido absoluto".
Escribe alguien en los Cuadernos Patagónicos Techint. Y a nuestro
entender es una defnición exacta del cordón montañoso
-presidido por el Fitz-, que nos hace pensar en lo maravilloso de la estructura
geométrica que rige la Tierra toda.
José
Luis Fonrouge y Carlos Comesaña, aquel memorable Enero de 1965,
en fulminante escalada , hacen cumbre ascendiendo por la supercanaleta.
No vamos aquí a relatar la hazaña, estas páginas no
están pensadas para relatar los pormenores técnicos, sino
para resaltar lo que pasaba por nuestros ánimos en el contacto con
lo que más amábamos.
Acá los vemos posando para la foto en Piedra del Fraile. Los
otros son "Pirata" Misson, Martín Donovan y Jorge Ruiz Luque.
José Luis en la ansiada cumbre. Carlos saca la foto.
El relato de Comesaña hoy en día:
Emociones en la primera ascensión a la Supercanaleta del Fitz Roy
14 al 16 de Enero de 1965
El estilo que uno adopta para escalar montañas
es una elección personal que refleja experiencias previas, influencias
externas y también los propios sentidos estéticos, aspiraciones
y limites físicos y técnicos.
Con José Luis Fonrouge en nuestro
primer ascenso realizado en estilo alpino por la Supercanaleta del cerro
Fitz Roy en enero de 1965, la decisión de intentar un ataque
rápido y ligero fue consecuencia directa de nuestra mala experiencia
de 1963. Ese año realizamos una tentativa al diedro noreste del
Fitz con una expedición pesada que nos dejo una marca definitiva.
Encordados juntos, en varios días
logramos equipar solamente unos 400 metros no sin antes tener que ayudar
a transportar enormes cantidades de equipos y suministros al Paso Superior.
Integrábamos un grupo de 8 escaladores y pensábamos equipar
la ruta todo lo posible con decenas de sogas de cáñamo prestadas
por el ejército de 20 metros de longitud y 14 milímetros
de diámetro que al mojarse y congelarse resultaron inútiles.
Ese “Diedrone” como lo llamábamos entonces o “Diedro del Diablo”
como lo bautizaron los eslovenos que concretaron años después
la escalada, es un verdadero funil de avalanchas pues cuando nieva en altura,
abajo los copos se convierten en un continuo flujo de medio metro de granizo
por tanto rodar por la pared que te apartan de ella. Después de
esa experiencia frustrante decidí –y lo mismo hizo Fonrouge–, que
nunca más haría parte como escalador en una gran expedición,
y que desde entonces me dedicaría a escalar ligero y en estilo alpino.
Los ascensos de Bonatti en aquella época,
en los Alpes, ayudaron a entender el camino a seguir si se quería
alcanzar importantes objetivos. Veíamos las técnicas de asedio
con muchas cordadas y el uso de sogas fijas con la misma crítica
que teníamos para con el uso de clavos a expansión, y evitamos
todos ellos. En julio de 1964 fuimos con Fonrouge a la cordillera
Huayhuash en Perú y abrimos -en alpina-, con dos vivacs una nueva
ruta de 1200 metros en la pared sur del Yerupajá. Tiempo
después de hacer el Fitz, Fonrouge completó con Schoemberger
una nueva línea en la pared sur del Aconcagua y otra con Rosasco
en la sur del Poincenot con el mismo estilo. También en esos
tiempos hicimos con Palma, en alpina, la aguja principal del Túnel
que bautizamos T-48, por el avión caído en Panamá
con los cadetes de la Fuerza Aérea y el Cerro Rincón, al
fondo del glaciar Marconi. La idea de tentar la Supercanaleta de la misma
forma ya nos había surgido al regresar del intento al diedro nordeste,
pues concordamos que Fonrouge iría a darle un vistazo antes de regresar.
En enero de 1965 nos encordamos nuevamente para completar en alpina, la
vía que yo había comenzado a abrir un año antes en
la Guillaumet. En dos días y un vivac completamos la primera a esa
aguja y nos sentimos bien entrenados para ir a la Super, cosa que hicimos
después de un descanso de pocas horas porque las condiciones sorpresivamente
mejoraron mucho.
Mirando para atrás en el tiempo,
un primer momento de emoción profunda lo experimentamos cuando en
silencio nos aproximamos al inicio de la escalada donde armamos nuestro
primer vivac admirando con todo respeto la enorme pared frente a nosotros.
Al
día siguiente, a medida que progresábamos velozmente en simultánea,
ese sentimiento fue reemplazado por la sensación de que estábamos
en plena forma y progresando con mucha velocidad. Durante el segundo
vivac después de completar 1000 metros de escalada de los más
de 1700 metros de la vía, nos acosaron las dudas de que el tiempo
pudiera cambiar para peor. Reanudando la ascensión, horas después
nos inundó la sorpresa de estar ya en las placas finales de la pared
poco antes de la subida al filo de cumbre. Y cuando en la cumbre Fonrouge
puso las manos en el mosquetón de Terray percibí un indescriptible
destello en sus ojos que me confirmaban que esa cumbre era “su sueño”.
Y lo era con tal intensidad que en ese momento pensé que a él
no le importaba lo que nos podía esperar en el descenso pues -a
la falta de suficientes clavos para rapelar-, avistamos gruesas nubes que
se acercaban del Pacífico y que anticipaban una fuerte tormenta.
Ya era noche entrada cuando comenzamos a bajar por el extenso diedro superior
de la Super y unos 400 metros mas abajo decidimos pasar la noche colgados
de los estribos. De madrugada proseguimos la bajada con la Supercanaleta
transformada en un Infierno del Dante, esta vez helado y ventoso. Fue entonces
cuando nuestro instinto de supervivencia se sobrepuso a las dificultades
de la tormenta y a la falta de material para instalar los rapeles y seguimos
bajando usando hasta los peldaños de los estribos para anclar los
rapeles.
En cierto punto se nos trabó nuestra
única soga y debimos destrepar cada uno por las suyas a la mayor
velocidad porque caía de todo por la Super. Anteriormente y por
precaución, junte fuerzas y ascendí para cortarla porque
sabia que abajo en el glaciar agrietado la necesitaríamos.
Para finalizar con los recuerdos, al llegar
esa noche al campamento base, ante la pregunta del Pirata Misson de ...
“¿Y...lo hicieron?...”, respondimos con un lacónico... “Sí“...,
porque sabíamos que seria muy difícil en adelante repetir
la sensación que tuvimos al hacer la primera a la Super del
Fitz Roy en alpina.
Carlos Comesaña, Abril de 2008.-