Las Agujas del Cerro Catedral
Esta página pretende el relato de las 1as. ascenciones de las torres de granito que coronan el Cerro Catedral Sur, a cargo de sus autores.
Los mismos serán de primera mano, y por lo tanto tienen el valor agregado de la emoción con que se vivieron esas conquistas.
A los relatos de José Landi y Raúl Estol, sobre la 1ª de La Lechuza en 1964. Y el de Carlos Rey sobre Las 3 Marías y otras segundas en el mismo año.
Se agrega ahora el de
Poco a poco se irán completando, a medida que nos lleguen para publicarlos.
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por Carlos Rey |
Durante los años ´60 se
hicieron la mayoría de las primeras absolutas; no obstante, tres
de ellas (las más importantes), fueron ascendidas con anterioridad:
la Aguja Principal, el Campanile Esloveno
y la Aguja Frey.
Hemos elegido para su ordenamiento, una secuencia geográfica que va de Sur a Norte, y que veremos más abajo.
Por aquella época, las agujas,
representaban para todos nosotros –el mundo de los escaladores de roca
argentinos-, el ideal de la escalada pura.
La escalada del equilibrio, de la exposición
y del riesgo. Hacer una (cualquiera) de estas agujas, representaba algo
así como obtener el “brevet” de
buen escalador. Obtención que
era puramente imaginaria y de valoración individual.
Hay que decir, para no caer en la sublimación,
que no se trata de torres graníticas de una envergadura mayúscula:
desde su altura (la mayor tiene 150 mts.
de la base a la cima); hasta su dificultad
(no mayor de VIº grado, en la medición de la época).
No podrían compararse con las
espeluznantes paredes que se escalan hoy en día.
Pero lo que sí hay que tener
en cuenta, es que aquellas trepadas fueron las primeras, cuando todo estaba
sin hacer. Y eso fue lo maravilloso:
enfrentarse con la incógnita,
con el problema sin resolver.
También hubo un Everest inescalado alguna vez.
de Sur a Norte
Tipo de roca: Granito.
Era geológica: Secundaria.
Julieta y Cecilia:
Diciembre de 1962 -
Carlos Giacomuzzi - Hugo Bella
Campanile Esloveno:
Febrero de 1952 -
Dinko Bertoncelj - Fco. Jerman
La Astilla:
Febrero de 1960 -
José Luis Fonrouge - Dinko Bertoncelj -
Anselmo Weber
Torre Principal:
Febrero de 1943 -
Pablo Fischer - Gustav Kammerer
La Vieja:
Enero de 1960
-
Carlo Botazzi - Anselmo Weber
La Lechuza:
Enero de 1964 -
José Landi - Adrián Landi - Raúl
Estol
La Monja:
Entre 1961 y 1964 -
Adrián Landi - Héctor Hermida
El Monje o San Francisco:
Entre 1961 y 1964 -
Bruno Capra - José María Boselli -
Oscar Reali -
Las 3 Marías:
Enero de 1963 -
Avo Naccachian - Carlos Rey
La Pirámide:
Sin datos precisos
Torre Frey:
Febrero de 1956 - Wenceslao Clerch
Un Empujón al abismo del RecuerdoAgujas Julieta y Cecilia - Cerro Catedral - Valle Campanile
“Las Primeras” - Diciembre de 1962 - Por Carlos Giacomuzzi
El verano de 1962-1963 determinó
el futuro de dos grandes amigos perdidamente enamorados de la Montaña.
Esta nos llamaba insistentemente y nos preparábamos, tanto en los
contrafuertes de piedra laja de la Av. Gral. Paz, como en zona de Las Piletas,
en Sierra de la Ventana, para disfrutar la ya
próxima temporada de escalada
en el sur.
En Diciembre de 1962, llegamos a Bariloche
y con la anuencia del Club Andino Bariloche - CAB, en donde nos facilitaron
la llave del Refugio Frey,
partimos para el Cerro. La idea central
era clara: subir el Campanile Esloveno que en aquel momento sólo
detentaba 9 ascenciones y lo lógico era
calentar los miembros con unas trepadas
previas al intento. Así lo hicimos, comenzando por la Frey, frente
al Refugio, para luego dirigirnos al
Valle Campanile. Teníamos referencia,
hecha por el inolvidable Arko, sobre cuál era el estado de situación
de las Agujas del Catedral al momento.
Él sabía todo. Recuerdo
que a su cargo estaba la Biblioteca del C.A.B. De entrada, sentí
una fuerte empatía y pude llegar a sentirme su amigo.
Los primeros culazos en el aprendizaje
de esquí se los debo al querido “Arrrrko”. Un día de un invierno
anterior, me cruzó caminando la Villa y
me preguntó al respecto. Modestamente
le dije que jamás había esquiado. ¡Soné! A la
media hora, bajo su presto y temperamental asesoramiento,
ya estaba provisto de mis “esquíes
cortos” para dar los primeros pasos. Estos fueron y tal como lo cuento...
Veinte minutos en la Pista de los Tontos,
para conocer lo elemental y ¡Listo!
¡Vamos arriba! Pocas veces habré sentido, al mismo tiempo
y tan intensamente… dolor de nalgas y felicidad extrema.
Habiendo transcurrido 48 años
de los hechos, puedo reconstruir alguito. Arko, al regreso, recogió
la información de nuestros relatos sobre las ascensiones.
A posteriori, las asentó en
algún Anuario del C.A.B., ubicándolas en un plano general
del Valle Campanile. Con el transcurrir de los años, un día
de enero de
2009 en San Carlos, en un libro del
cual no recuerdo el nombre, me encontré con un mapa graficado, dibujado
a mano alzada. ¡Qué sentida emoción!
Ya no solo pertenecían a mi
memoria viva. Las Julieta y Cecilia, formaban parte de las Agujas del Catedral,
en el Valle Campanile.
El momento me reencontraba, una vez
más, con un Hermano de Cuerda y de la Vida… Hugo Eduardo Bella.
¡Cuánto ha impactado ese
verano en mí! Fue el disparador de los más caros
proyectos. Hugo, recibido de abogado, tenía su estudio con
el Dr. Vicente Gutiérrez, relacionado
con la firma de electrodomésticos Radio Suipacha, de Buenos Aires.
Unos años más tarde, renunció
para radicarse y construir con Cecilia
Girgenti, su mujer, una cabaña en el Parque Pehuén, dando
vista a la Pampita y Faldeo del Otto.
Congeniábamos con la idea de
construir en Bariloche un Albergue de Montaña, remedando el estilo
de los alpinos, donde, a la gente
principalmente venida de las pampas
chatas, las pudiésemos alojar haciéndoles sentir el ambiente
andino. De resultas de ello, nos
abroquelamos con otros dos lindos loquitos:
José Luís Fonrouge y Jorge Insúa, pasando de la Idea
al Proyecto, y de este a esa Realidad
que nos perdura hoy todavía,
denominado Albergues Andinos El Yeti (altura del Km. 5,600, camino a LLao-LLao).
Fuimos finalmente cinco,
se nos uniría un poco más
tarde Cacho “Ponzoña” Cardani. Desde abril a diciembre lo preparamos
en Bs. As. y construimos, bajo la técnica
de prefabricación, inaugurando
la Primera Temporada en el verano de 1963-64.
El Yeti no era un negocio, era un sueño
de juventud. Su primer administrador fue Héctor “Pichín”
Torres, un lindo personaje miembro de
la barra de Antonio “Pirata” Misson,
montañeses amigos. Al retiro de Pichín, por motivaciones
propias y afincado con su mujer en la zona,
Hugo asume la administración
del Albergue radicándose en Bariloche. Ya a los cuatro años
aproximadamente, José Luís, Jorge y Ponzoña
se habían retirado de la SRL.
Hugo, en el verano de 1971, en un loco
intento al Fitz Roy, del cual aún hoy no le encuentro verdadera
motivación, fallece, no encontrándose
sus restos pese a las búsquedas
hechas por muchos de sus amigos y el C.A.B. Finalmente en 1975 soy el último
en apagar la luz y cerrar
la puerta de esa, su etapa fundadora.
Su actual dueño, durante estos últimos 29 años, y
el tercero históricamente, cuando lo visité 35 años
después, luego de darle a conocer
las historias de montaña de “los loquitos fundadores de El Yeti”
me hizo sonreír, al decirme al cabo de un instante:
“¡Ah!, entonces ustedes forman
parte del los denominados Precursores, hay una avenida acá cerca...”
(1). Caray, me dejó pensando por lo que nos toca.
Las ascenciones
Primero escalamos la Aguja Julieta.
Fueron breves, tranquilos y asoleados largos, nos turnábamos encordados
recorriéndola bajo dificultad III,
con algunos pasajes de IV. Lograda
su cumbre, a pocos pasos se nos ofrecía la Cecilia, con una media
de dificultad grado IV.
En ambas, al alcanzar la roca más
alta, les dimos nombre. El de mi madre a una y de su amada esposa
a la otra.
Una historia simple, que nos dio el “visto bueno” para concretar finalmente, al día siguiente, la “8ª Ascensión al Campanile Esloveno, por la ruta Normal”.
Hoy, a mis 69 años de edad, recién
regresado del Parque Aconcagua, acompañado entre otros por cuatro
Dinosaurios de la Montaña,
Eliseo Busto y Jorge Vitón (estos
en memoria-homenaje a los más de 40 años de su escalada al
Coloso de América por la Pared Sur),
el “Negro” Aguirre y “Rudy” Pelliza
(mi padrino de montaña), he vuelvo otra vez a encontrarme con mi
enamorada.
Quizás porque la quise bien,
quizás porque la respeté siempre, tal vez ella siga dando
su permiso para recorrer,
y mientras me den las piernas, sus
sendas y acariciar sus rocas.
Buenos Aires, Marzo de 2010
(1) Se refiere a la Av. de los Pioneros.
Primera ascención a La Lechuza - por
José Landi
La
Lechuza, a la izquierda de la Principal - Vista Oeste - (foto internet)
Fue en los primeros años de la década del 60, yo diría entre 1961 y 1964. Si se conserva el libro del Refugio Frey de aquellos años debe estar ahí. O también en el boletín del Centro Andino Buenos Aires, que sacó un artículo sobre esta ascensión considerándola la más importante del año, probablemente porque en ese período de tiempo no hubieron expediciones.
En el año anterior le habíamos preguntado al querido Teodoro “el Negro” Cifuentes , en ese entonces guía y encargado del Refugio Frey, qué picos quedaban sin escalar en el Cerro Catedral. Nos indicó tres: la Monja, la Lechuza y el San Francisco.
Volvimos al año siguiente el
Cerdo Raúl Estol (lo de “Cerdo” aunque no parezca es un apodo cariñoso),
mi hermano Adrián Landi y yo, con la intención de probar
suerte en La Lechuza, que es la aguja inmediatamente a la derecha de la
Torre Principal, mirando al Catedral desde San Carlos de Bariloche.
El recordado Hugo Bella y Carlitos
Giacomuzzi nos habían regalado unos pocos clavos que habían
inventado y que ellos decían que eran fantásticos:
de unos tres centímetros de largo y sección cuadrada, se
los martillaba y quedaban mordiendo dentro de un agujero redondo sin camisa
de metal. Los agujeros se hacían martillando con un raw plug (o
“ramplug”, que todavía conservo en mi caja de herramientas). Nos
demostraron la bondad de los clavos metiendo uno en el cordón de
la vereda y tirando con el auto. Así funcionaban bien, pero saltaban
con facilidad, como lo comprobamos después. El Negro Cifuentes nos
regaló además un par de clavos de expansión, sobrantes
de una expedición al Fitz Roy.
Con ese equipamiento, completado con algunos clavos normales y estribos, llegamos por el pedrero y comenzamos la primera parte en escalada libre, por una chimenea con una piedra grande atascada en el medio, que nos condujo a una plataforma al pie de un especie de obelisco final de unos veinticinco metros de altura, vertical y liso por los cuatro lados. A partir de ahí usamos dos o tres clavos de expansión de los del Negro. Los clavos de más arriba, puede ser que hayan sido tres o cuatro, fueron de esos chiquitos de Hugo y Carlos.
Trabajábamos por turnos equipando la pared. El Cerdo, que había sido el último en subir en la tarde del primer día, nos dijo al bajar que creía que el clavito que acababa de poner no había quedado firme. Téngase en cuenta que entraban menos de dos centímetros en la roca y no estaban pensados para aguantar una caída: la norma era rezar tres padrenuestros antes de colgarse.
En la mañana siguiente me tocaba
ser el primero y, no siendo él quien tenía que subir, ya
le parecía al Cerdo que el clavo había quedado perfectamente
puesto. Le pregunté repetidamente y me insistió que no tenía
de qué preocuparme. Subí hasta ese último clavo, pisé
los estribos y un momento después el clavo saltó. Milagrosamente
otro de esos clavos minúsculos me aguantó la caída.
“¡Linda José!” oí que me gritaba desde abajo el Cerdo,
que celebraba mi caída a carcajadas, mientras yo colgaba en la mitad
de la pared.
Después siguió creo que
Adrián y una vez que estaban todos los clavos puestos, conferenciamos
sobre quién iba a intentar salir de la artificial y hacer el ataque
final. Uno de nosotros (nos juramentamos previamente para nunca decir quién
fue) subió por los clavos y siguió en escalada libre. Resultó
que el largo de la soga no alcanzaba y el de arriba, al estar llegando
a la cima, ya no podía escuchar los gritos para que se detuviera.
De modo que mientras se coronaba la ascensión el que daba seguro
desde abajo quedó estirado y en puntas de pie, sosteniendo el extremo
de la soga entre el índice y el pulgar como si fuera el tallo de
una flor. Esto sucedía cerca de las nueve de la noche del segundo
día, todavía con luz en el verano de Bariloche. Carlos Comesaña,
que hizo la segunda ascensión a La Lechuza, consideró esa
última parte un IV superior dentro de la escala de VI. Encontró
arriba un clavo y no sé si un papel bajo una piedra o algo que habíamos
dejado.
El otro problema fue al bajar. El sol
se estaba poniendo detrás del Tronador que se veía en toda
su plenitud, con sus glaciares iluminados por las últimas luces
doradas de la tarde (permítaseme en este punto ponerme un poco poético).
Los tres apiñados en una repisa sobre una pared vertical, no encontrábamos
dónde poner un clavo o enganchar una anilla de soga para bajar
en rappel y desde donde estábamos no había otra forma de
bajar. Así pasaron unos minutos de angustia hasta que, escarbando
con la punta de un clavo detrás de unos líquenes, encontré
una grieta donde pudimos poner el clavo y por fin instalar la soga doble.
Primero bajó Raúl Estol,
mientras yo le daba seguro, creo que después bajé yo y último
Adrián. Fue hace poco que Raúl me hizo ver que por la chimenea
por donde habíamos subido se podía destrepar sin problema,
como efectivamente él lo hizo años después estando
solo. No sé por qué se nos había ocurrido que solamente
se podía bajar por el otro lado, donde era imposible hacerlo sin
el rappel. Raúl dice que seguramente fueron ideas de Adrián
y a mí también me parece que debe haber sido así.
Pero lo cierto es que en el momento no nos dimos cuenta que podíamos
bajar ¡por el lugar más fácil!
Ya en el pedrero, el Cerdo hizo un segundo intento de asesinarme: como unos 30 metros arriba mío en una cuesta muy inclinada, pisó una piedra que debe haber pesado sus buenos cincuenta quilos, de unos 60 ó 70 centímetros de diámetro, que empezó a rodar y ganar velocidad justo en dirección a donde yo estaba. Hemos tenido innumerables discusiones sobre el tema a lo largo de estos cuarenta y tantos de años y él sigue sosteniendo que no lo hizo a propósito. Tratando de esquivarla (Adrián y Raúl gritaban como locos y me hicieron perder la calma) metí la pierna en un hueco y me caí justo en la trayectoria de la piedra, donde quedé inmovilizado con la mochila llena de la ferretería encima. Un metro antes de aplastarme, la piedra chocó con otra y rebotó hacia atrás.
De noche, camino al refugio por el borde de la Laguna Ton?ek nos encontramos con el Negro Cifuentes, que nos venía a buscar preocupado porque no llegábamos. Durante la ascensión nos había estado siguiendo con prismáticos y nos agasajó en el refugio con cerveza helada, un lujo que seguramente ni juntando la plata entre los tres habríamos podido pagar.
Tiempo después encontré en un viejo boletín del Club Andino Bariloche un artículo del gran Otto Meiling titulado algo así como “Primera Ascensión a La Lechuza”. Relataba que había trepado por la chimenea de la piedra atascada hasta la base del monolito. Como el resto “requeriría medios artificiales”, dio por concluida con éxito la ascensión. En este terreno ya entramos en la filosofía del andinismo y queda el tema para la consideración de quienes lean este relato.
La primera ascensión a la Monja
la hicieron en otro año mi hermano Adrián y Héctor
“el Gallego” Hermida. La primera al San Francisco fue de Oscar Reali y
Bruno Capra.
José A. Landi, diciembre de 2009
volver al principio
La Lechuza (sigue) - por Raúl
Estol
José Landi hace un relato general de la primera a la Lechuza, que tuvimos la suerte de realizar en aquellos años. Me insistió muchas veces que completara con algunos recuerdos propios esta descripción y francamente no hay mucho que agregar, excepto algunas precisiones en cuanto a la fecha, fue en el verano del 63 al 64, y en cuanto a cómo fue el tramo final: la salida en libre del artificial. También creo que es conveniente recordar el contexto en que encarábamos el andinismo en aquellos años, en particular los que, como nosotros no hacíamos de esa actividad, lo central de nuestras vidas, sino que practicábamos tanto cuanto nos lo permitían los escasos recursos personales (éramos en general estudiantes de muy escasos ingresos y tiempos libres para entrenar).
Carlos Rey menciona lo de las palestras
de la época, como la memorable chimenea de Escobar. En nuestro
caso, entrenábamos fundamentalmente en las paredes de contención
de los terraplenes de la Av. General Paz. Estaban cerca de los que hoy
es Parque Sarmiento y hoy han desaparecido con la ampliación de
la avenida.
Recuerdo estos detalles pues de no
haber insistido en la práctica en esas paredes, no hubiéramos
podido coronar la Lechuza.
Solo había tomas pequeñas,
que exigían un gran esfuerzo a los dedos y un muy cuidadoso movimiento
de los pies, para que no cediera la adherencia del borde de suela vibram
que tenían los zapatos de la época. En esos tiempos no existían
los calzados especialmente diseñados para trabajar por adherencia.
Tampoco contábamos con nada que mejorara la adherencia natural de
la piel de los dedos, así que había que practicar bastante
para desarrollar callosidades que ayudaran a resistir la abrasión
de la roca.
Acostumbrarse a la exposición
era otra cuestión. Para ello solo contábamos con la posibilidad
de escalar algún edificio en la ciudad, que tuviera paredes expuestas
de ladrillo, para encontrar tomas y eventualmente practicar algún
tramo de escalada artificial.
Recuerdo que una vez habíamos
ido con Beto Cardini y el Gallego Hermida al pozo lateral a los cimientos
de un edificio de departamentos en Federico Lacroze y Luís María
Campos. Yo vivía cerca y había visto que se podía
entrar en día feriado a esta excavación que lindaba con un
edificio ya construido, que exponía casi dos pisos de paredes de
ladrillo. En medio de la escalada apareció la policía y
por poco terminamos en cana. Obviamente algún vecino asustado ante
los eventuales hombres araña, nos denunció. Los policías
nos llevaron fuera de la vista de los denunciantes y deberíamos
tener tal cara de cagaso que nos largaron diciendo que “no los molestáramos
más con estas idioteces”!!! (En realidad utilizaron palabras bastante
más soeces). No les digo nada del susto de algunos vecinos cuando
nos largábamos en rappel desde la terraza del algún edificio
en el que algún pariente desprevenido nos facilitaba la llave.
Las idas a Sierra de la Ventana nos
permitieron un entrenamiento algo más completo, aunque escaso como
nuestros recursos. Por ejemplo, los equipos, la ropa, el material de escalada…
José mencionó que los
clavos de “compresión” (sería mas exacto decir) fueron fabricados
artesanalmente y disponíamos, si mal no recuerdo, sólo de
cuatro.
Los clavos para grietas en roca los
fabricaba Dediol (creo que era de Mendoza), así como el material
para hielo, como grampones y piquetas… Sólo que únicamente
teníamos plata para comprar algunos pocos de estos elementos y otros
los fabricábamos con planchuelas recortadas a la medida…
El “Pirata” Antonio Misson fabricó
una vez armazones para mochilas… un tiempo después, los que hoy
conforman Fugate hacían sus primeras carpas y otros materiales de
acampada.
La ropa se improvisaba con lo que había…,
recuerdo que habiendo leído el relato de la expedición al
Aconcagua de los polacos (que trazaron la ruta homónima), improvisé
un abrigo multicapa con camisetas de frisa, camisas grafa y un anorak de
loneta por fuera…en fin, cada uno de nosotros tendría muchas de
anécdotas para contar. Estas lo fueron para contextualizar un poco
el relato específico de la subida a la Lechuza.
José dijo escuetamente que al final del tramo de escalada artificial, seguimos en libre hasta la cima…, ¿parece obvio no? Si termina el artificial, sigue libre…, lo que no dijo es que terminamos el artificial porque se nos acabaron los clavos y esto tiene que ver con la escasez mencionada al principio y no una planificación ordenada.
El último clavo terminaba a media
altura de monolito cumbrero, más o menos a un metro veinte o tal
vez más, de la arista izquierda. Esta arista y toda la pared (Este,
la que da al refugio Frey) son allí perfectamente lisas y verticales,
no había una toma ni para que se asentara una mosca. Subir por esta
cara, al menos nos protegía del viento del Oeste, tan frecuente
en Bariloche y que en las condiciones de escaso equilibrio en que estábamos
hubiera sido un obstáculo insuperable.
La superficie de la pared dejaba de
verse un par de metros arriba, lo cual nos hacía suponer que se
inclinaba hacia la cumbre, pero no se sabía cuanto ni si había
irregularidades que permitieran la escalada.
Así que no quedó más
remedio que explorar al tacto, subiendo lo más posible por los estribos
hasta el último escalón, manteniendo el equilibrio con tracción
de cuerda y adherencia de las palmas de las manos, para evitar que se zafaran
los estribos provocando una caída lateral.
Estirando la mano izquierda hasta la
arista de ese lado, lo más alto que se podía, aparecía
al tacto una irregularidad, como un pliegue de la roca, suficiente para
apoyar las falanges del extremo de los dedos de una mano, solo que la toma
no era horizontal sino inclinada hacia la arista, de modo que serviría
para salir pero no para sostenerse una vez abandonado el estribo.
Por otra parte era la única,
y para apoyar los zapatos no había nada. Así que hubo que
tallar con delicadeza para no fisurar la roca, una muesca a la altura del
último clavo, sobre la arista, de modo que quedaron dos tomas, mas
o menos alineadas en la vertical, para el pie izquierdo y la mano izquierda.
La idea era salir suavemente del artificial
y trasladar el peso al pie izquierdo sosteniéndose solo con la mano
izquierda, confiando en que al incorporarse sobre ese pie, apareciese otra
toma en la superficie invisible por encima del borde rugoso que parecía
coronar la arista izquierda.
Si no aparecía otra toma para
equilibrar, confiar en que el último clavo resistiría la
probable caída.
Y el milagro ocurrió, la toma para mano izquierda era el extremo inferior de un pliegue en la roca que formaba una estrecha cornisa que cruzaba hacia la derecha a 45 grados y lo mejor… un poco mas arriba había un hueco excavado por el viento (probablemente) que estaba cruzado por un trozo de roca que no se había erosionado y formaba algo así como un pasamano que permitía aferrarse firmemente… fue como nacer de nuevo, la sensación de seguridad era indescriptible. Luego izarse hasta la cornisa, y aprovechando que la pared pierde lentamente la verticalidad, ascender en diagonal hacia la derecha, lentamente, conservando el equilibrio con la adherencia de las manos abiertas sobre la roca.
Un poco más arriba aparecen huecos de erosión, que permiten apoyar los dedos y la punta de los zapatos para salir finalmente a la cumbre.
Los problemas no habían quedado
totalmente solucionados. No se pudo poner ningún clavo de seguridad,
ya que no había ningún tipo de grieta. Y como comprobamos
arriba, no había ningún lugar para poner clavos que permitieran
bajar en rappel…. Así que no se sabía como bajar.
Después de un inolvidable momento
de cumbre, había que planear el descenso…, que no podía ser
mas que destrepando por el mismo camino de subida, con el agravante que
los juegos de fuerzas ahora funcionan al revés y no teníamos
seguridad desde arriba.
Bueno, lo estamos contando, así que bajamos… Primero por adherencia hasta la cornisa en diagonal y el “pasamanos” de roca. Aferrando firmemente esa toma segura, descolgarse hasta la fractura para el pie izquierdo en la arista y allí el momento de la verdad. Flexionar la pierna izquierda hacia abajo todo lo posible, manteniendo el peso en esa vertical, mientras el derecho trataba de embocar el escalón más alto del estribo. El problema era que el estribo no es fijo como la toma de la arista, sino que, si no se embocaba de una, se iba a desplazar mas hacia la derecha y la caída sería inevitable… No se corrió... Luego desplazar el peso a la derecha, recuperar el equilibrio en el estribo y bajar el resto de la pared hasta la base del monolito.
Después sigue la historia según la cuenta José.
Raúl Estol - diciembre de 2009.
Primera ascención
de El Monje o San Francisco - Enero de 1963
- por José María Boselli, Bruno Capra y Oscar Realli
Hecha el 29 de Enero de 1963 por la cordada: Bruno Capra, José María Boselli y Oscar Reali.
La Aguja El Monje,
también conocida como San Francisco, es una torre destacada sobre
el filo del Cerro Catedral Sur,
que conjuntamente
con La Astilla, La Principal y la Monja (en este orden), son bien visibles
desde el refugio.
Su especial conformación
asemeja -a modo de escultura-, un monje franciscano de pie, que mira hacia
el norte con la
cabeza levemente
inclinada. Una de sus rodillas se destaca debajo del sayo como dando un
paso. Y una capucha destaca en su espalda.
Su altura ronda
los 40 metros, tal vez más. (N del R: sujeto a corrección)
Aquel veintinueve
de enero de mil novecientos sesenta y tres nos encontró habiendo
pasado la noche en e! Refugio Emilio Frey.
Acabábamos
de regresar de la expedición que habíamos organizado al Co.
Castillo, en Esquel, en donde no tuvimos éxito al encontrarnos
sin embarcación
para navegar el lago 2 (de la serie de lagos 1, 2 y 3 que fueron inundados
al construirse el dique de Futaleufú), y llegar
hasta la costa
en donde se encuentra el cerro mencionado. (*)
Habíamos
pues, pensado en subir al refugio y con suerte escalar algunas de las agujas
aún vírgenes. Sabíamos con certeza que tanto
la aguja Principal
como el Campanile, la Astilla y la Torre Frey ya habían sido conquistadas,
y entre las restantes, el Monje nos atrajo f
uertemente a
los tres. Debo decir que éramos Bruno Capra, Oscar Reali y José
María Boselli, de Buenos Aires y estudiantes, de ingeniería,
de economía
y de abogacía respectivamente.
Bruno y Oscar
venían con historia de escalar juntos desde hacía tiempo
y aceptaron de buen grado ir los tres a hacer el intento.
Así fue,
que con un día brillante de sol y después de desayunar en
el refugio -por aquella época a cargo de Teodoro Cifuentes o
Anselmo Weber,
no lo recordamos bien-, salimos entre las ocho y las nueve rumbo al Filo,
y como era habitual, bordeamos la laguna
Toncek y encaramos
el acarreo subiéndolo entre la Monja y el San Francisco. A media
mañana estuvimos al pie de la aguja y luego de
bordearla y estimar
posibilidades, decidimos que su cara Oeste era la más factible.
La contraría al refugio.
Sabíamos
que la aguja nunca había sido escalada. Estos comentarios estaban
a la orden del día en nuestras reuniones porteñas, pero
también
sabíamos de algunos intentos de ascensión. Nunca supimos
quiénes habrían sido. El hecho era que allí estaba,
toda para nosotros
y con muchas
ganas de escalarla.
Fue Oscar el que
arrancó con el primer largo: unos cinco metros en artificial. En
el punto clave colocó un clavo de expansión con el
raw-plug (2)
de aquella época y el martillo de escalada.
Y él cuenta al respecto:
“Efectivamente
utilizamos algunos clavos de expansión -por entonces toda una novedad
en estos pagos-, que había conseguido Bruno.
Recuerdo perfectamente
la colocación del primero, que hice con una maza colorada y cabo
de madera, que venía del Pier Giorgio”.
Hay que aclarar
que este relato está construido mucho después; cuarenta y
siete años han pasado desde aquella hermosa experiencia y
sabrán
disculpar la falta de memoria exacta sobre los hechos. A continuación
siguió una fisura en la que José María pasó
como primero de
cuerda, y después
se llegó a una plataforma de reunión para los tres. Estimamos
la dificultad como un IV superior.
Ahora venía
el último tramo y no veíamos fisuras. Boselli Intentó
hacia el lado norte de la aguja y logró ascender unos metros en
libre, hasta
un punto en que
le fue imposible continuar. Destrepó, Bruno tomó la delantera
y lo superó. Así hicimos el tramo final -al que consideramos
de IV grado en
su trayecto de escalada libre-, más su paso anterior de artificial
A1. De modo que estuvimos en la cumbre cómodos los tres,
aflojando la
tensión y gozando la incomparable vista.
Una latita de
conserva vacía, puesta boca abajo, conteniendo un papel –escrito
por José María-, con nuestros nombres y la fecha, y algunas
piedras encima,
fue dejada como testimonio del hecho.
Así se
sumó el Monje o San Francisco, a la lista de agujas conquistadas
en el Filo del Catedral Sur, y aclaramos que estos nombres ya venían
de antes.
Nuestro recuerdo
es el de una escalada difícil y con pocos agarres, que insumió
unas cinco horas. Los rapeles fueron dos por la cara oeste.
Cuando volvimos
al Refugio Frey y contamos la importante conquista (virgen hasta ese momento),
mucho no nos creyeron. Por eso,
cuando años
más tarde llegó a la cumbre una cordada (posiblemente del
CAB) y encontraron asombrados la latita con nuestro mensaje,
alguien tuvo
la original idea de escribir en el Anuario del año 1986, que
"la primera ascensión fue realizada "presumiblemente" por
J.M.Boselli,
O.A.Reali y B.Capra el 29 de enero de 1963”.
José María para cerrar, deja su concepto sobre la escalada de montañas:
“Más allá
de la satisfacción individual que proporciona,
el andinismo
es trepar con otro, es darse seguro mutuo, es ir venciendo dificultades
en equipo y compartir un logro. Por eso es que
no me gusta la
escalada solitaria”.
Y Bruno agrega:
“En esa época,
los 20 años de edad, una escalada era una diversión, una
primera era solo por el intangible desafío de estar en un
lugar nunca pisado
por el hombre. Ese, para mí, era el “gran disfrute”. Eran vivencias,
no objetivos, por eso yo no recuerdo las fechas
y los hechos
colaterales. También destaco que, a diferencia de hoy, el andinismo
no era considerado por nosotros algo competitivo,
era solidaridad,
compañerismo. Cuando dábamos cursos en el CABA les decíamos
a los nuevos, que lo competitivo era algo no deseado
en el andinismo.
Me dicen que hoy sí lo es. No reconozco eso como un progreso, más
bien lo percibo como un retroceso”.
(*) Al año siguiente, el Castillo fue ascendido por Bruno Capra y Mariano Morera, con el apoyo de José y Yelda Pagano, María Rosa y otros.
(2) raw-plug:
herramienta tipo punzón para perforar a mano.
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Primera ascención a Las Tres Marías
– Verano de 1963 - por Carlos Rey
Refugio Piedritas, en el
bosque camino al Frey. (foto de años posteriores a este relato).
En el ´63 todavía
existía el primer refugio hecho por el Club Andino Esloveno,
que luego se incendió.
(foto c.rey)
Transponiendo el insignificante síndrome de la hoja en blanco me doy un profundo abrazo con el Turco Avo y comienzo a escribir una parte de mi vida que, no puedo decir haya sido la más importante, pero sí una de las más intensas y sentidas en la escarapela del corazón:
Las escaladas en las tibias, rosadas
rocas de granito de las agujas del cerro Catedral Sur en Bariloche. Hoy
con setenta años, trato de revivir el sentimiento de los veinticinco,
donde todo estaba por venir. Y ese verano de 1963 me encuentra en latitudes
patagónicas, alejado de mi traje y mi corbata de laburante en oficinas
del centro de la porteña Buenos Aires.
Nada más dispar, y eso me hacía
sentir el más feliz de los mortales. Para mejor, me acompaño
de uno de los tipos más sanos de espíritu que pueda haber
conocido en toda mi vida: el Turco Avo, Avedis Naccachian, armenio por
ascendencia; de diez y ocho años, ocho menos que yo, lo cual le
hacía sentir a él que yo era una especie de papá.
Dueño de una fortaleza física
envidiable era (es) un tipo nacido para el deporte. Más tarde fue
salvavidas en natatorios y en el mar, buceador y -ya de veterano-, ciclista
empedernido. En las montañas, compuso dos o tres expediciones al
Himalaya, por no nombrar otras participaciones de envergadura.
Yo me defendía bastante ante
semejante personaje y sobre todo, en ese momento sobre el que trato de
escribir, en el que éramos simplemente dos muchachos con muchas
ganas de trepar, todo lo que se nos presentara por delante, que implicara
verticalidad por encima de los dos metros de altura.
En el despacho de equipajes pesamos
nuestras mochilas. Treinta y siete kilos cada una. Mera casualidad ya que
contenían las ropas de cada uno, la comida que habíamos elegido
para los primeros días y, por supuesto, la «ferretería»
de escalada. Todo repartido a ojo.
La cosa fue subirlas por la Picada
Eslovena en el Catedral Sur, a costa de nuestras espaldas y sufriendo el
embate de los famosos tábanos, bicho picador si los hay.
Decidimos acampar un poco antes de llegar
al Refugio Frey, antes de cruzar el arroyo que baja de la laguna Toncek.
Allí, con el refugio a la vista, armamos mi carpa: «la Dora»,
en homenaje a mi vieja, quien era la que la había construído
con mi dirección, en las calurosas tardes de verano en Villa Ballester.
A mi madre la asustaba con cosas como:
«Arrampicare e il mio mestieri» o aquel cantito que no me acuerdo
cómo empezaba y seguía con: «...noi de la rocchia siamo
il camoschi. Corda, casa da morto, chiodo e mosquetón. Cuesta e´
la bella vita, la vita bella, dei rocchiatore», que sacaba de las
revistas italianas que contaban las proezas de Walter Bonatti o Cesare
Maestri, y como mamá era hija de tanos, me quería matar cuando
me escuchaba decir esas cosas. Aunque no puedo negar que por aquella época
creía sinceramente que podía morir heroicamente en un accidente,
de los que nunca faltaban en la alta montaña.
Realmente nos jugábamos el pellejo
y no nos importaba mucho que así fuera. Amábamos lo que hacíamos
y es difícil de explicar a los que no practican el montañismo.
Me acuerdo que acampamos cerca del
refugio Emilio Frey y Avo se cocinó un arroz con salsa riquísimo.
Y por si algo me faltaba agregar del Turco, también había
sido Boy Scout en la Asociación Armenia y sabía cocinar muy
bien. Yo era el que lavaba los platos.
En la Aguja FREY - (Segunda de la NE)
La primera que cayó en nuestra «desesperación» por escalar fue la Torre Frey, situada muy cerquita del refugio. Avo nunca había estado en el Catedral y yo había pasado como mochilero con mi amigo Alvaro, uno o dos años antes; ocasión en la que conocí a Otto Meiling, el famoso pionero y escalador; y a Teodoro Cifuentes, cabo del ejército y por entonces refugiero en el Frey.
Era temprano, después del almuerzo
y subestimando los tiempos -ya que sabíamos que oscurecía
muy tarde-, nos calzamos la ferretería y rumbeamos para el refugio
a ver a Cifuentes, que además era quien sabía de escaladas
en aquel privilegiado lugar. No estaba. El ayudante nos dijo que había
bajado a buscar víveres y que no volvería hasta el atardecer.
Pero no hubo resignación, muy
por el contrario, enfilamos para la torre Frey y al ayudante nada le dijimos
de nuestras intenciones escaladoras porque no se nos ocurrió hacerlo.
Recorrimos el pie de la Frey tratando de ver indicios del comienzo de la
ruta normal, sin tener ninguna idea de cuáles podían ser
tales indicios y discutiendo posibilidades. No suponíamos que «la
normal», se encontraba detrás del frente, es decir en la cara
opuesta a la que da al refugio y nosotros estábamos considerando.
Así las cosas, de pronto vimos un clavo empotrado y un poco más
ariba otro y otro más y hasta donde podíamos ver se sucedían
con bastante continuidad, por lo tanto dijimos «aquí es».
Por aquel entonces ninguna ruta que no fuera “la normal” tenía tantos
clavos, cosa de facilitar las ascenciones a los novatos. Y el Turco, que
era arremetedor y no se achicaba ante nada, puso el primer mosquetón
en el clavo que tenía por encima de su cabeza y pasando la cuerda
se largó para arriba sin pensarlo dos veces. Dar seguro al principio
de la escalada, en el primer «largo de cuerda», es en vano,
ya que si el que escala se viene abajo, no para hasta el suelo. Pero
igualmente me puse en la posición correcta y, la espalda contra
la roca, los pies bien firmes, me pasé la cuerda por detrás
y le fui aflojando a medida que Avo progresaba hacia arriba. Ya en el segundo
clavo pasó otro mosquetón con la cuerda y allí sí,
el seguro fue «en serio». Si caía quedaría colgado
del clavo más cercano.
Nuestra cuerda merece un párrafo
aparte. Se trataba de una fulgurante Edelweiss de perlón, bicolor,
40 mts. blanca y 40 mts. roja, de ochenta metros, que estábamos
estrenando y habíamos comprado a medias encargándola (creo),
a la novia de nuestro común amigo Edgardo Porcellana. Ella era azafata
y viajaba a Europa y Estados Unidos. Era nuestro orgullo en cuestión
de equipo, ya que por aquella época, acá en Argentina no
se conseguía nada para deportes tan «rebuscados» como
los de montaña. La mayoría de los elementos había
que importarlos a valores altísimos.
El por qué de esa elección,
no lo recuerdo, pero seguramente fue pensando en las escaladas «en
artificial», en donde sí convenía una cuerda bicolor
y bien larga.
Pretender hacer un largo de trepada
con semejante cuerda, ni pensarlo. Lo habitual era escalar largos
de cuerda de no más de treinta metros y para ello debían
usarse cuerdas de cuarenta metros. Pero... era lo que teníamos y
gracias al cielo por ello.
De todos modos el asunto no dejaba
de tener su lado negativo, porque debíamos llevar en rollos cruzados
en bandolera, casi veinte metros cada uno. No quedaba otra, pero retardaba
mucho nuestra progresión, sobre todo cuando nos juntábamos
en la pared para hacer el «relevo», y el 2º de cuerda
pasaba a encabezar la trepada.
Así las cosas, los primeros
tramos fueron llevaderos pero muy demorados, ya que nos faltaba experiencia
lugareña. Imagínense saltar de la ciudad porteña a
estar colgado de una cuerda en una pared vertical de alta montaña.
Mientras las horas pasaban, ya comenzaba
a extrañarnos que una «normal» fuera tan complicada.
Como a la mitad de camino apareció un «techito» que
contribuyó al retardo, ya que sólo disponíamos de
un par de estribos y para colmo cortísimos. El escalador quedaba
apretado contra el techo y además debía pasarlos al segundo
de cuerda, para que este a su vez los usara. Aprovechamos e hicimos un
relevo. La sed era fuerte y sobre todo Avo se quejó de ello. Recuerdo
que con mi pañuelo de bolsillo, le fabriqué un gorro con
cuatro puntas, como los que usaba para ver partidos de futbol.
El sol nos había dado en la
cabeza toda la tarde y cuando finalmente llegamos a la cumbre, ¡hacía
ocho horas que estábamos en la pared! Treinta y siete clavos habíamos
utilizado que ya estaban colocados y nosotros agregamos dos más.
(fotos c.rey)
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La ficha técnica elaborada por
Cifuentes, dice así:
Ruta Cifuentes-Weber.
Dificultad media:IV+ con parte de V+.
(significa IV grado superior y V grado
superior. Las escaladas estaban graduadas de Iº a VIº, con sus
agregados de «superior» o «inferior», según
el caso).
Equipo necesario: cuerda, clavos, mosquetones
y estribos.
Duración de la escalada: de
tres a cuatro horas.
Longitud de la ruta: 120 mts.
Esta es la altura de la torre desde
su base hasta la cumbre.
Torre Frey - Cara Este
2ª ascención
de la Cifuentes-Weber
(foto internet)
Después de descansar un buen
rato en la cumbre, armamos el rappel. Con uno solo, si mal no recuerdo,
se desciende por el lado contrario hasta un «col» o descanso
entre la torre y la ladera de la montaña. El resto se hace caminando
por el acarreo, para llegar al refugio. Allí fuímos para
ver a Cifuentes suponiendo que ya habría llegado. Efectivamente,
estaba de vuelta. Nos presentamos y le contamos lo que acabábamos
de hacer. Nos dijo con toda tranquilidad que nos había visto cuando
llegó con el caballo cargado y se había sorprendido al ver
a dos tipos colgados en esa ruta. Y los sorprendidos fuímos nosotros
cuando nos dijo que esa no era la «normal» y que se trataba
de una ruta nueva que habían abierto él y Anselmo Weber -también
del Club Andino Bariloche-, hacía tan sólo dos días.
Con lo cual resultó que en nosotros, se juntaron vergüenza
y orgullo por haber hecho la segunda ascención.
Más tarde imaginamos con Avo
lo que Cifuentes habrá pensado de nosotros: ¡porteños
agrandados!
La Normal de
la Frey
Durante la semana que permanecimos con
el Turco en el lugar, también escalamos la «normal».
Se trataba del trayecto que se encontraba en la parte posterior de la aguja.
Es decir, la que habíamos utilizado para «rapelar»;
lo cual era correcto hacer, ya que desde allí se baja rápidamente
a la base.
Un poco más conocedores del
ambiente con el cual nos topábamos, nos armamos de la ferretería
para escaladas en artificial, y salimos bordeando la base de la torre.
Subiendo por rocas fáciles y acarreos, llegamos al col y nos encordamos.
En esa época recien se comenzaban a insinuar los «arneses»,
que consistían en correajes reducidos y livianos, que se ajustaban
al tórax y servían básicamente para retener un mosquetón
a la altura del esternón y allí pasar la cuerda, cosa de
no quedar colgado cabeza abajo en caso de caídas.
Nosotros todavía no los usábamos,
de modo que nos pasábamos la cuerda por el cuerpo a la antigua.
Es decir, utilizábamos el extremo de la soga, para hacer un nudo
especial para este caso, que quedaba pasado alrededor de la cintura y subía
por el pecho pasando por encima de un hombro, bajaba cruzando la espalda
y volvía al punto de partida en el frente, justo a la altura de
la boca del estómago. Espero que se entienda.
Arrancamos la escalada que tenía
los clavos puestos, ya que era costumbre no retirarlos, pues al tratarse
de una «clásica» era relativamente frecuentada por los
escaladores (en su mayoría barilochenses) que iban a escalar los
fines de semana.
Acá tengo que aclarar que estos
no eran demasiados, no creo errarle por mucho si digo que se trataría
de una veintena de personas cuanto más.
(fotos c.rey)
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En las 3 fotografías de la "artificial" de la ruta Normal, el que escala es nuestro querido Gordo Angiorama, hecho en otra oportunidad y por aquellos mismos años. En la foto de la derecha, aparezco dando seguro desde la cumbre. |
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«Atacamos» pues, la pared
y desde un comienzo hubo que usar los estribos. En este caso sí
nos vino de perlas la bicolor de ochenta metros, utilizando una de las
partes para pasarnos el material entre uno y otro. Progresamos por una
fisura vertical hasta una laja inclinada hacia la izquierda. Continuamos
por esta hasta conectar con otra fisura. Aquí vino el paso clave
de esta ruta que te deja colgado en el vacío con una exposición
absoluta, en la cual ves directamente abajo tuyo, a muchos metros y muy
chiquita (esa es la sensación que uno tiene), a la Laguna Tonceck
junto con el refugio. Llegamos a una plataforma que nos dio un respiro
y allí hicimos un relevo.
Ya no recuerdo con tanto tiempo transcurrido,
quien iba primero y quien segundo en cada «ruta» de las agujas
que hicimos, pero no les quepa la menor duda que en su mayoría,
Avo era «il primo di corda» y yo su partenaire.
Después continuamos en escalada libre de segundo y tercer grado, hasta pisar la cumbre. La escalada es cortita pero muy emocionante, sobre todo por el paso que hay que dar, colgado en el vacío. La cumbre es muy pequeña y apenas entran dos tipos, lo cual hace que uno quiera rajar de allí lo antes posible. Se destrepa hasta la plataformita del relevo y luego se hace rappel hasta el col.
Su ficha técnica dice:
Ruta normal: pared sur.
Dificultad media: A1.
(Es toda en «artificial»
y para esta técnica la graduación en esa época era:
A1 - A2 y A3).
Equipo necesario: Cuerda, estribos,
mosquetones y cordines.
Duración de la escalada: desde
el col: 50 minutos.
Longitud: 45 mts.
Refugio
Emilio Frey - Laguna Tonceck y Agujas. (foto Anuario CAB)
La Torre Principal
Supusimos con el Turco, que había llegado la hora de encarar la Torre Principal, cumbre máxima de este paraíso de agujas situado en el Catedral Sur.
Ya habíamos hecho con Avo algunas incursiones, alejándonos del refugio y subiendo al filo sobre el cual están emplazadas la mayoría de las agujas. Y digo mayoría porque hay infinidad de agujas que brotan de las partes superiores de los acarreos, sin pertenecer al filo propiamente dicho, pero no por ello menos importantes en envergadura, altura y dificultades de ascención.
Las principales agujas por aquella época tenidas en cuenta -en su mayor parte, aún sin escalar-, eran la Torre Frey (junto al refugio). Y en el filo: el Campanile, la Julieta, la Cecilia, la Astilla, la Torre Principal, la Lechuza, el Molar, el San Francisco, la Monja, las Tres Marías y la Pirámide (creo que no dejé afuera a ninguna de las torres, que cualquiera puede ver desde el refugio (menos las 3 primeras), elevándose sobre el filo. Las otras, como ya dije, surgen del acarreo y en un primer vistazo parecen de menor envergadura. Pero no lo son para nada y las voy a menciononar, para tener un panorama total de lo que se encuentra el escalador cuando llega a este lugar: una de las más lindas vistas que se puedan gozar en la montaña.
Las demás agujas: el Pinin, Peña
Ancha, Otto Weiskopf, el Tonto, la M2, el Abuelo, el Vecinal, la Vieja.
(Con seguridad me olvido de muchas,
teniendo en cuenta que en los años de aquellas “primeras”, ni nombre
tenían).
Las primeras mencionadas, sin embargo
eran las que despertaban nuestra codicia, ya que salvo el Campanile, la
Principal y la Frey, estaban todas esperando ser superadas y varias de
ellas no tenían nombre, o por lo menos debían ser confirmados
por los que las superaran conquistando su cumbre.
Hechos estos comentarios para conocimiento
de los que no dominan el "mundo misterioso" de las escaladas, paso a relatar
nuestra soñada ascención a la Principal con el turquito Avo.
(foto
Anuario CAB)
Torre Principal - La 1ª
Ascención fue hecha en 1943
por Pablo Fischer y Gustavo
Kammerer
Pasando a ser llamada Normal.
En la foto se ve poco su
itinerario,
que arranca muy arriba y
está
marcado como (1).
La (2) es la ruta que hicieron
Ariel Murtagh y T. Howard en ........
Para no arriesgar con el tiempo (no
teníamos idea de cuánto podíamos tardar), desayunamos
y salimos muy temprano, aunque no de noche como nos aconsejaban en Baires
nuestro amigos más experimentados. Decían que lo ideal era
estar en el filo cuando despuntaba el día.
Haciendo caso omiso de sus consejos,
que nos parecían exagerados, por las mañanas salíamos
del campamento con el sol recién aparecido, lo cual -por lo que
recuerdo- era suficiente. No retengo en la memoria ninguna escalada que
nos haya demorado hasta entrar la noche. O quizás éramos
demasiado buenos. Je, je.
Saliendo del campamento, bordeamos la laguna Tonceck y llegamos a los acarreos de piedra suelta con lamparones de vegetación, que es casi exclusivamnte ñire achaparrado. Toda esta aproximación lleva su buen tiempo, creo que por lo menos una hora, y el Sol ya está alto cuando encaramos los bloques de roca fácil que forman la base de la Torre. Allí nos encordamos, dejando como siempre 40 mts. de cuerda fuera de uso enrrollados en nuestros cuerpos. Los nervios son muchos porque sabemos que nos vamos a enfrentar con algo que imaginamos hacer durante largos meses. Ahora se concreta y hace palpitar nuestras fibras. Por fin la Torre. Nos sentimos seguros de poder superarla, técnicamente estamos más que listos, pero sabemos que hasta que no superemos los largos de cuerda que nos esperan y hagamos cumbre, no estará todo dicho.
Por aquella época se les tenía mucho respeto a estas agujas y los viejos escaladores, al no poder superarlas, las relataban casi como imposibles. Nos encordamos pues, al pie del primer largo que arrancó con una fisura fácil y luego una travesía hacia la izquierda. Por bloques fáciles, estuvimos pronto en la pared. Escalamos por una fisura grande que conduce a un nicho. Allí había un clavo fijo. Con un paso bastante expuesto hacia la izquierda, salimos del nicho y empalmamos con una fisura paralela a la anterior, pero más fácil. Subimos hasta una plataforma triangular y de allí bajamos un par de metros. Luego subimos hasta una plataforma grande. Continuamos por otra fisura y encontramos otro clavo fijo, luego cruzamos por una escama y haciendo un péndulo estuvimos en otra fisura, en realidad una pequeña chimenea que hay que subir con medio cuerpo afuera. Allí superamos un techito y después hasta un hombro, en el cual hay que tomar hacia la derecha. Luego en adherencia por una laja inclinada, una fisura nos llevó hasta los famosos clavos de Fischer. Estos llegan a la cumbre, pues este último tramo no tiene fisuras, es de granito macizo y únicamente fue superado en libre, ya entrada la era de la revolución de equipos, cuando se comenzó a escalar con zapatillas especiales que trabajan por adherencia. Por lo tanto en aquella época, habría que haberlo hecho con «clavos de expansión».
Llegados a la cumbre nos abrazamos muy contentos y descubrimos que era lo bastante amplia como para que estuvieran varios escaladores juntos a la vez. Pudimos observar con emoción al Cerro Tronador, refulgente de nieve y más allá el volcán Osorno, situado en Chile. El día, como todos los que nos tocaron mientras estuvimos allí, era especial, con un Sol que rajaba la tierra y un cielo de azul intenso como nunca habíamos visto.
A esta ruta se la llama «normal», pero también ruta Fischer-Kammerer, los nombres de los escaladores del C.A.B. que llegaron a la cumbre por primera vez: habiendo hecho varios intentos, chocaban con la dificultad del último tramo, imposible de vencer con los elementos técnicos de aquella época (años ´40 y ´50). Entonces a Fischer que era albañil se le ocurrió llevar martillo y punzón y practicar agujeros, en los cuales fue empotrando puntas de hierro fabricadas por él mismo y así, paso a paso fue abriendo la ruta hasta llegar a la cumbre.
Con Avo dejamos en la cumbre, dentro de un tachito que había debajo de unas piedras, un papel con nuestro nombres y la fecha. Luego armamos el descenso y fuimos bajando, no recuerdo con cuántos rapeles.
El Sol seguía castigando de lo lindo.
Durante la semana que estuvimos allí, no hubo ni un solo día sin su presencia. Es decir nunca tuvimos un día de mal tiempo, ni siquiera nublado, lo que habría hecho que descansáramos de tal agobio. Por otro lado, esto era una bendición y nos permitía a los que estábamos allí para escalar, programar las ascenciones sin preocuparnos por el clima. El cielo de un azul intenso -estábamos a casi dos mil metros sobre el nivel del mar, de modo que el filtro de rayos ultravioletas era menguado (por aquellos años ni se imaginaba uno que iba a existir un «agujero de ozono»), nos pegaba con su brutal omnipresencia y únicamente encontrábamos el alivio, metiéndonos a descansar en el comedor del refugio. Allí se podía jugar a las cartas, escribir o leer algo y huir del ambiente reverberante que dominaba el exterior.
Cifuentes nos dio la idea: podíamos bajar hasta el lago Gutierrez a tomarnos un día de descanso. No lo dudamos y juntando unas pocas cosas, las metimos en una de las mochilas. Algo para comer y pantalón de baño era suficiente y antes que llegara el mediodía bajamos por la picada, pasamos el refugio Piedritas, cruzamos el arroyo Van Titter, y continuamos derecho para abajo dejando atrás el desvío que lleva a Villa Catedral. En un rato más de marcha llegamos la margen del lago Gutierrez. Agua transparente y frescura de vegetación. Sombra y descanso. Eso era lo que necesitaban nuestros ánimos recalentados por las escaladas y las rocas y acarreos fulgurantes del entorno del refugio Emilio Frey. Al anochecer emprendimos la vuelta al campamento de arriba y en dos o tres horas (no recuerdo bien), estuvimos en él con los ánimos refrescados.
Las Tres Marías
Y así fue: ya renovados, una
mañana nos cargamos con la cuerda y la ferretería y salimos
temprano a la búsqueda de nuestra próxima ascención.
No me pregunten por qué elegimos lo que voy a relatar y por qué
no, escalar por ejemplo el Campanile, que por aquellos años era
deseado por todo escalador y poco frecuentado por su fama de aguja difícil;
no lo recuerdo con el paso de tantos años.
Bordeamos la laguna por la derecha,
saliendo del refugio, y fuimos ganándole altura al acarreo que conduce
a la lagunita Schmoll. Cuando tuvimos frente a nosotros a la aguja Piramidal,
bastante más arriba todavía, enfilamos hacia allá
y un rato después estábamos en su pie encordándonos
-supongo- para entonarnos para algo más difícil. Ya que esta
torre es bastante grande pero de fácil escalada por su ruta normal.
Subirla y bajarla fue relizado en un corto trámite.
Y a continuación, tuvimos a nuestro
alcance una siempre codiciada escalada virgen.
Se nos dio con las tres agujas cercanas
a la Pirámide. Estábamos casi seguros que nadie las había
ni siquiera intentado, un poco por su ubicación, muy en el extremo
derecho del famoso circo de agujas-estrella y además por su pequeña
envergadura. En efecto, se trata de tres torrecillas de un largo de cuerda
cada una. La mayor se hace con un largo de 40 metros y su dificultad es
entre IVº y Vº grado. Las otras dos tienen muy poca diferencia
con esta.
La cuestión que la tarde había
caído y felices y cansados emprendimos el regreso al refugio para
comentar el suceso con Cifuentes.
(2 fotos c.rey)
Refugio Frey - Las 3 Marías y la Piramidal. |
Desde la izq: el Vecinal - Las 3 Marías y la Piramidal. |
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Foto invernal bajada de Internet. |
Tenía entendido que no, efectivamente no estaban ascendidas, de modo que tuvimos en nuestro haber una «primera» (dividida en tres) ¿Y cómo las van a bautizar? Durante el regreso lo habíamos estado pensando. Caía de maduro que tenía que ser algo así como «los tres ???» ¿Y si les poníamos Tres Marías? A falta de novias en ese momento, tuvimos el justificativo a mano: la mamá de Avo se llama María y mi hermana es María Isabel. Otras mujeres no teníamos que merecieran el honor por aquel entonces. A la tercera no le quedó más remedio y Cifuentes nos aprobó diciendo que en general cuando se mencionaba el grupo de agujas, se las llamaba así, tres Marías. No quedaba pues ninguna duda.
Lo curioso fue que en nuestra inocencia o estupidez (no sé muy bien cómo catalogarlo), obviamos escribir el comentario correspondiente en el libro del refugio y Cifuentes tampoco nos lo sugirió. Tampoco las cumbrecitas, tan pequeñas, no dan para dejar un testimonio La cuestión es que nunca quedó oficialmente asentado en los libros del refugio; pero el mundillo escalador las reconoce hechas por primera vez por “Naccachian-Rey. Enero de 1963”.
No recuerdo haber hecho otra cosa importante
como para mencionar para “las estadísticas”, pero tampoco es mi
intención aquí, que más bien es un recuerdo de la
fuerte vivencia junto a un amigo del alma, con el cual estuvimos suspendidos
entre el cielo y la tierra con la alucinación que conllevan las
escaladas. Ilusión siempre difícil de recrear para los demás,
cuando se tiene que explicar el, ¿por qué se escala?
Desde el Refugio Frey: laguna Tonceck y Agujas. (foto internet) |
Arriba: la Astilla y la Principal Abajo: la M2, el Abuelo, la Vieja. (foto internet) |
La Principal, la Lechuza, la Monja, el San Fco. (foto c.rey) |
Pedro Khun, Avo Naccachian, Hugo Bella, Cecilia Girgenti y Carlos Rey (foto c.rey) |